Hay ranas del bosque que se congelan casi por completo durante el invierno, hasta la primavera, que es cuando vuelve a latir su corazón. Nunca hasta la madurez había sentido ese anhelo que ahora es supervivencia: hacerme un ovillo, desaparecer, recoger las alfombras, habitar el abandono. Es un año extraño, es un año de mierda, me pregunta Ana, no me escondo, ella tampoco: “Sí, pero creo que para mucha gente también lo es”. Pienso en nuestra amistad, siento que ella lo es —una amiga— pero casi no hablamos. Sé que no me juzga por eso. ¿Por qué es un año tan oscuro? Los astrólogos afirman que es cosa de la conjunción de Saturno y Neptuno, algo que solo sucede cada 36 años, por eso es época de desengaños: lo que parecía firme se deshace. La última vez: la caída del Muro de Berlín, es momento de que se caigan los velos.
¿Pero qué muros? Me pregunta Laura: ¿Quieres dejar estas cartas? No, todavía no. Tendrán un final —todas las cosas lo tienen— pero este viaje todavía no ha terminado. Sí que siento que los nombres son importantes: hay que decir las cosas y por lo tanto nombrarlas. Por eso, cuando comencé esta travesía, decidí llamar a estos textos cartas. Ni emails, ni columnas, ni artículos. Cartas donde desangrarme, cartas para nadie, descubrí hace poco que un jardinero de Ōtsuchi instaló en su jardín, frente al mar de la costa de Iwate, una cabina de teléfono sin línea, para seguir hablando con el amor de su vida, fallecida hace poco tiempo. Algo así me comentó Antonio la otra tarde: “Llevas más de seis años, doscientas treinta cartas sin tener muy claro si llegan, ¿no te cansas?”. No es verdad. A veces sí lo sé. Cuando me escribís, como pasó hace unos días, cuando compartí esto: en realidad todos estamos al borde del abismo pero no lo sabemos.
Me respondió David Delpino, desde el otro lado del mundo: “Acá en Caracas son las 5:47 am. Está a punto de amanecer. Sale el sol. El abismo tiene también esa otra cara: lo que uno ve cuando se dispone a salir de él”.
En realidad no puedes influir prácticamente nada en cómo piensan los demás. Cuando entiendes eso, cambia todo: la pena es descubrirlo quizá demasiado tarde.
—¿Lo esencial?, me preguntaron un día.
—La alegría de las mañanas, el sol, la casa, el balcón, la música, el café, el trabajo, el quiebro al vacío y al tedio, el regreso diario al discurso propio.
Enrique Vila-Matas en La digresión.
La madurez es entender que esto no es un ensayo, que no habrá prórroga en tu obra y que la única prisa es el amor. Pero el amor no entiende de prisas.
Sé que soy esquivo, distante, egoísta, complejo. Tiendo a la melancolía, no regalo afectos. Pero lo intento. De verdad, lo intento. Supongo que escribo en torno a la vida porque (aún) no tengo claro de qué va todo esto.
“Hay en realidad dos clases de vida. Hay, como dice Viri, la que la gente cree que estás viviendo y hay la otra vida. Es esta otra la que causa el problema, la que anhelamos ver”, James Salter.
¿Quién es el dueño de una carta: el remitente o el destinatario? ¿Quién es el dueño de la herida: el que la causa, o el que la padece?
Lo más difícil, siempre, es dar el primer paso.
Quizá (en nuestro camino, en nuestro trabajo, en lo que vamos haciendo) la cuestión no es tanto la de tener una idea clarísima de hasta qué punto quieres llegar, sino sencillamente tratar de ir haciendo las cosas bien. A estas alturas, creo que es muchísimo.
Sigo dándole vueltas a esto de Lorine Niedecker: “Las aves sienten algo parecido al dolor (y al miedo) justo antes de la migración. Nada alivia esa sensación, salvo el vuelo”.
Sé que lo digo mucho, pero es que —de corazón— lo pienso: cada día nace el mundo.



Nuevo día, nueva oportunidad . "La vida es fácil porque decidimos verla fácil" ( J. Terrés
Lo que has escrito hoy es algo a donde voy volver porque tiene tanto para reflexionar. Gracias Jesús