De tanto en tanto me aterra pensar que, un día, Laura me dejará. Barrunto las opciones, ¿por qué será? Si escucho las señales —nota mental: escuchar las señales— quizá suceda porque no estoy aquí, tiendo a la ausencia, soy egoísta, rígido, me cuesta virar el rumbo, no sé cuidar. Pero a veces se cuela otro miedo, mucho más atávico, más pegado a la piel. Ella dice que no me preocupe, que no he de escuchar a ese fantasma, pero, ¿qué sabe Laura de lo que sentirá? Me refiero al miedo al desencanto: al día en el que ella ya no sienta eso. Fuegos artificiales, arder como arañas entre las estrellas, amar a pulmón abierto. Demonios, sabéis perfectamente de lo que estoy hablando.
Lo pensé la otra tarde, yo estaba con Alberto, grabando un nuevo capítulo de Decir las cosas, que girará en torno a las cosas buenas y malas de la madurez, de hacerse mayor. Mi lista de las primeras salió sin esfuerzo, cayeron sobre el folio como florece el almendro, es que la última década —con sus sombras— ha sido la mejor de mi vida. Una de las razones que traje era esta: “Porque dejas de confundir intensidad con amor”. Lo desarrollé como pude, ya lo escucharéis, es que lo creo de corazón: el amor necesita la lumbre para prender pero no solo, porque corres el peligro de confundir apasionamiento con plenitud. Es fácil verlo en tu entorno, tan solo tienes que mirar: cuando eso sucede te condenas a ti mismo a vagar por el camino en busca de estrellas fugaces, astros que emiten un millón de fotones. ¿Por qué, entonces, me duele cuando la recuerdo?
Es viernes, me levanto al alba, en San Sebastián llueve, esa lluvia tan fina que aquí llaman txirimiri, no me importa: tras el desayuno me acerco hasta la Concha, cruzo Bengoetxea desde el María Cristina. Pese al frío, hay algún bañista, nadando a través del oleaje, quizá lleguen hasta Santa Clara, no tienen miedo. ¿Y yo, de qué tengo miedo? Camino lento de vuelta al hotel, sigo escribiendo, pero no me quito aquella frase de la cabeza: ¿Es una certeza en la que creo o una puerta tras la que me escondo? Busco, leo, encuentro. Son unas palabras de Matthew McConaughey, viene a defender la misma tesis: “La luna de miel no puede durar para siempre, es inhumano, no tiene sentido tratar de vivir pegados a una bombilla de 100 vatios, porque os quemaréis. El amor es más bien como una bombilla de 30 vatios. Piénsalo así: si atenúas la luz durará más tiempo. No será tan brillante, pero sí más realista. Y por lo tanto más humano”. Se lo cuento a Laura, le digo que voy a escribir esta carta. Comparto con ella el texto del tejano —ambos amamos su voz, como de sábanas arrugadas— está de acuerdo, pero con un matiz: “Lo segundo tan solo puede pasar si antes sucede lo primero”. Primero la incandescencia, después la calma. Aquí está mi miedo: ¿Y nunca echarás de menos lo primero, amor mío?
La lumbre es adictiva porque tu cuerpo es como una fragua, la piel prendida de dopamina y oxitocina. Es cuando todas las velas del barco están desplegadas, acabáis de zarpar, el viento es apabullante, cuando miras a estribor puedes ver delfines nadando —en una bellísima sinfonía. Navegar bajo esos viento alisios es tan fácil como dejarte arrastrar por las entrañas. El destino parece inevitable. Pero llega un día en el que el viento se calma, es el momento de elegir el rumbo, abrir los mapas, trazar una ruta: “¿Hacia donde nos dirigimos, Capitán?”. Comienza la verdadera aventura, el viaje en busca del tesoro. En esta fase ya no hay vientos que decidan por ti, ahora sois dos, se atenúan las corrientes, la vida se hace presente. Llegarán entonces los días con frío, estallarán las primeras tormentas, aparecen las primeras grietas sobre el casco. Es la travesía exigiendo su precio. Aquí la pareja ha de elegir, porque el viaje solo puede ser si los dos creéis—es la única forma: seguir creyendo en el rumbo trazado cuando ya no hay viento en popa que os empuje. Tan solo llegaréis si ambos anheláis el mismo destino, con uno no basta. Este aprendizaje es durísimo, pero necesario: con uno no basta. Nunca sé qué responder cuando me preguntan de qué va el amor, pero una cosa —tan solo una— sí tengo clara: el tesoro es lo que habéis vivido.



El verano que viene, se cumplirán treinta años de mi historia de amor. Hoy, 19 de septiembre de 2026, 10670 días después de aquel primer beso, sigo enamorada de él. ¿Es diferente? Claro. Pero sigo sintiendo cosquillas inexplicables, y mucha admiración. No puedo aportar más. Jajajaja.
Feliz sábado. Qué gusto empezar así (carta en mano), el fin de semana.
Uno solo no basta, está frase encierra mucha razón.
Una reflexión en alto, para ti Jesús, para mi misma, y para todos. Es posible, que Laura mañana no sienta lo mismo, o que no lo sientas tú. Lo único que tenemos seguro es el momento presente, momento en el que podemos cuidar, amar, decir te quiero, sonreir, disfrutar, en definitiva vivir. El mañana quizás no exista, así que demos forma y sentido a nuestro hoy sin preocuparnos del futuro y si ese mañana existe, seguro se parecerá a aquello que queremos y deseamos.