Mi terapeuta tenía una teoría loquísima con la que he tropezado esta semana. La planto aquí primero y ya luego os cuento, agárrate que vienen curvas: cuando pisas un charco es porque una parte tuya quería pisar ese charco
“Viajar es mi veneno pero también mi cura, ya aprendí que van de la mano. Vivir así es mi charco. “
Me encanta, Jesús. Me he identificado con esa parte de mi, (señora de 60, no olvidar), que se descalza y sale al exterior de la casa, a caminar descalza cuando llueve mucho, pero sobre todo, cuando paseo por la Senda, en Vitoria, dando patadas como loca a las castañas. Se que en una de esas, perderé el equilibrio y me daré un culazo, o que la castaña impactará con uno de los coches que circula en paralelo, pero no lo puedo evitar. Jajajaja.
Siempre me pasa lo mismo contigo: leo estas líneas y me quedo un rato quieto, como si alguien hubiera apagado las luces del mundo para que pueda escuchar mejor lo que llevo dentro. Esa teoría de tu terapeuta, primero me ha hecho sonreír… y luego me ha dejado pensando, como deja pensando lo que es verdad aunque suene descabellado.
Me he quedado atrapado en esa idea de que nuestros “errores” no son despistes, sino mensajes. Un hilo invisible que alguien dentro de nosotros tira para que volvamos a un lugar que hemos descuidado. Y me pregunto cuántas veces he confundido un tropiezo con una derrota cuando, en realidad, era una especie de sugerencia suave del cuerpo diciendo: para un momento, que te estás olvidando de ti.
Y me gusta mucho cómo lo enlazas con Freud, pero también con el niño que fuimos. Ese niño al que no siempre cuidamos. Ese niño que sigue pidiendo permiso para vivir, para jugar, para equivocarse sin pedir perdón.
Hay algo muy honesto en lo que dices: aquella vez que te perdiste, en realidad no te perdiste. Es al revés. Y creo que ahí está uno de los secretos más profundos de la vida. No estamos fallando tanto como creemos. A veces lo que parece un desvío es simplemente la vida recolocándonos. Recordándonos que también estamos hechos de instintos, de intuiciones, de deseos que no sabemos traducir, es como ese quejío en el pecho que te dice por ahí no es, o esa sensación se liberación que te acoge de solo pensarlo cuando es el camino.
Que a veces el esguince, la torpeza, la caída o incluso el miedo no son una señal de que algo va mal, sino de que algo dentro de nosotros quiere volver a respirar.
Gracias por regalar estos charcos que uno pisa a propósito. Sin querer queriendo.
Hoy es un día en que la lluvia cae a cántaros sobre el sur de California. Todo mi vecindario está cubierto de charcos. Esta mañana, después de leer el post, salí a pasear a los perros y, de manera consciente, caminé sobre un charco grande; no solo hizo felices a mis perros (también saltaron dentro), sino que, como una “magdalena de Proust”, me trajo deliciosos recuerdos de mi infancia. Por un momento fui niño otra vez.
Tal y como lo escribe Amaya en su comentario, ese chapoteo me devolvió a la infancia, cuando no había vergüenza ni miedo de mojarse, y el mundo era un lugar inmenso invitándonos a jugar.
Qué verdad lo que dices: quizás pisamos los charcos porque una parte de nosotros lo necesita.
Gracias por recordarme que, detrás de los actos mínimos, viven victorias secretas: en cada charco se esconde la invitación a escuchar a ese niño interior y a dejarse sorprender una vez más por la vida. Hoy, bajo la lluvia, entendí que la alegría más honda sigue esperando en los sitios más sencillos.
En muchos casos, creo, es efectivamente el niño interior pidiendo a gritos que juguemos, que a esta vida hemos venido a jugar y disfrutar…aunque la cultura y el entorno nos han educado en la productividad y en el hacer, más que en la calma y en el SER ❤️
Totalmente de acuerdo contigo, Amaya. Qué maravilla leerte y sentir cómo tu forma de expresar lo esencial llega directo al corazón. Ojalá nunca olvidemos que hemos venido a jugar y a ser, no solo a hacer. Gracias por tus palabras tan bellas. ❤️
Es que me he pasado la vida pensando que tenía más valor cuanto más hacia, trabajaba, ejecutaba…me he dado cuenta tarde, pero estamos a tiempo mientras respiremos 🫶🏼
Preciosa carta, Jesús. A mi, aquesta setmana, la meva nina interior ha tocat a la porta amb forma d'ansietat per recordar-me que no la tengui tan descuidada.
“Viajar es mi veneno pero también mi cura, ya aprendí que van de la mano. Vivir así es mi charco. “
Me encanta, Jesús. Me he identificado con esa parte de mi, (señora de 60, no olvidar), que se descalza y sale al exterior de la casa, a caminar descalza cuando llueve mucho, pero sobre todo, cuando paseo por la Senda, en Vitoria, dando patadas como loca a las castañas. Se que en una de esas, perderé el equilibrio y me daré un culazo, o que la castaña impactará con uno de los coches que circula en paralelo, pero no lo puedo evitar. Jajajaja.
Feliz sábado
Jajajajaja. Maravillosos esos paseos dando patadas a las castañas. ❤️🍂
Siempre me pasa lo mismo contigo: leo estas líneas y me quedo un rato quieto, como si alguien hubiera apagado las luces del mundo para que pueda escuchar mejor lo que llevo dentro. Esa teoría de tu terapeuta, primero me ha hecho sonreír… y luego me ha dejado pensando, como deja pensando lo que es verdad aunque suene descabellado.
Me he quedado atrapado en esa idea de que nuestros “errores” no son despistes, sino mensajes. Un hilo invisible que alguien dentro de nosotros tira para que volvamos a un lugar que hemos descuidado. Y me pregunto cuántas veces he confundido un tropiezo con una derrota cuando, en realidad, era una especie de sugerencia suave del cuerpo diciendo: para un momento, que te estás olvidando de ti.
Y me gusta mucho cómo lo enlazas con Freud, pero también con el niño que fuimos. Ese niño al que no siempre cuidamos. Ese niño que sigue pidiendo permiso para vivir, para jugar, para equivocarse sin pedir perdón.
Hay algo muy honesto en lo que dices: aquella vez que te perdiste, en realidad no te perdiste. Es al revés. Y creo que ahí está uno de los secretos más profundos de la vida. No estamos fallando tanto como creemos. A veces lo que parece un desvío es simplemente la vida recolocándonos. Recordándonos que también estamos hechos de instintos, de intuiciones, de deseos que no sabemos traducir, es como ese quejío en el pecho que te dice por ahí no es, o esa sensación se liberación que te acoge de solo pensarlo cuando es el camino.
Que a veces el esguince, la torpeza, la caída o incluso el miedo no son una señal de que algo va mal, sino de que algo dentro de nosotros quiere volver a respirar.
Gracias por regalar estos charcos que uno pisa a propósito. Sin querer queriendo.
Qué bonitas y profundas tus reflexiones 🫶🏼
Buenos días Jesús 😊
Me quedo con esta frase "El miedo a vivir es la vida pidiendo permiso."
Y seguimos cada día viviendo, a pesar del miedo....💕
Feliz y tranquilo sábado 🦋
Hoy es un día en que la lluvia cae a cántaros sobre el sur de California. Todo mi vecindario está cubierto de charcos. Esta mañana, después de leer el post, salí a pasear a los perros y, de manera consciente, caminé sobre un charco grande; no solo hizo felices a mis perros (también saltaron dentro), sino que, como una “magdalena de Proust”, me trajo deliciosos recuerdos de mi infancia. Por un momento fui niño otra vez.
Tal y como lo escribe Amaya en su comentario, ese chapoteo me devolvió a la infancia, cuando no había vergüenza ni miedo de mojarse, y el mundo era un lugar inmenso invitándonos a jugar.
Qué verdad lo que dices: quizás pisamos los charcos porque una parte de nosotros lo necesita.
Gracias por recordarme que, detrás de los actos mínimos, viven victorias secretas: en cada charco se esconde la invitación a escuchar a ese niño interior y a dejarse sorprender una vez más por la vida. Hoy, bajo la lluvia, entendí que la alegría más honda sigue esperando en los sitios más sencillos.
Gracias de corazón, Jesús.
Qué bonito, Fred. Gracias a ti, de corazón ❤️.
Y descubrir hoy que grandes omisiones criticadas por mi ego fueron verdaderas acciones? Thanks
En muchos casos, creo, es efectivamente el niño interior pidiendo a gritos que juguemos, que a esta vida hemos venido a jugar y disfrutar…aunque la cultura y el entorno nos han educado en la productividad y en el hacer, más que en la calma y en el SER ❤️
Totalmente de acuerdo contigo, Amaya. Qué maravilla leerte y sentir cómo tu forma de expresar lo esencial llega directo al corazón. Ojalá nunca olvidemos que hemos venido a jugar y a ser, no solo a hacer. Gracias por tus palabras tan bellas. ❤️
Muchas gracias Fred!
Es que me he pasado la vida pensando que tenía más valor cuanto más hacia, trabajaba, ejecutaba…me he dado cuenta tarde, pero estamos a tiempo mientras respiremos 🫶🏼
Efectivamente, estamos a tiempo.
Me gusta la idea… ❤️
Ser “paseador” de vida y chafar todos los charcos… ¿ qué más podemos pedir? Si, unas botas de agua para confiar al saltar 🤗🥂
Bravo.
Preciosa carta, Jesús. A mi, aquesta setmana, la meva nina interior ha tocat a la porta amb forma d'ansietat per recordar-me que no la tengui tan descuidada.
❤️
Pisar charcos es una auténtica acción porque no interviene la mente, ni la intención, ni la voluntad.
Quizá está ahí la respuesta.
Quizá