Tuve un ataque de ansiedad en Vals, frente a los Alpes, en uno de los lugares más bellos del mundo, aquello reafirmó una cosa que ya sabía: da exactamente igual hasta dónde huyas, tus conflictos siempre viajan contigo, escondidos en tu maleta emocional, cobijados en algún lugar de tu equipaje, pegados a la piel. Es raro: algo te aprieta el pecho, sudas sin venir a cuento, el esternón es como un puño cerrado, sientes un peso que no cae de ningún sitio. Pasó el agobio, caminamos por el sendero de Gadastatt hasta la cima del Faltschonhorn. Concluyó el día, no sé dónde estaba, pero al menos la sombra se había dormido.
Al día siguiente un poco la misma historia. Pero esta vez en un spa, rodeado de cuarcita, bruma y silencio. Ya había amanecido en el cantón de los Grisones, sobre los valles del Rin y del Eno. La vida es graciosa, porque justo en aquel momento una lectora me preguntaba que cómo afrontar la vuelta: a menudo vas a preguntarle. Yo estaba en albornoz, cagado de miedo, con mi ansiedad sentada a mi vera, estoy por ponerle nombre, estoy por llamarla Lucrecia. Pensé en las razones que apuntalan esta angustia. La primera (la inabarcable) es familiar, pero el resto de argumentos la verdad es que no son objetivamente nada graves. Pero os diré un secreto: eso a la ansiedad se la suda un poco, me refiero a lo que objetivamente es pequeño o grande. Ella tiene su propia escala.
Consejos para la vuelta, me pedía la amiga. Que se le hace bola. Que cómo afrontar la montaña de todas las cosas que hay que hacer. Creo que me preguntó porque siempre he escrito columnas en torno a septiembre, diría que ya es casi una tradición: soltar amarras, sentir cada tajo, esas cosas mías. Que el año comienza ahora y toda esa vaina. Le prometí hacerlo en esta carta. Pero con un matiz: esta vez no con lo que hay que hacer —tengo pocas certezas, pero una es esta: en el fondo de tu corazón sabes lo que tienes que hacer— sino con lo que no. Así que me puse a escribir. En albornoz, al natural, con una infusión de jengibre. No persigas la felicidad, no merece la pena: la calma es el tesoro. No opines si no te preguntan, no tengas miedo a llorar, no seas condescendiente con lo que no conoces. No te castigues con lo que ya sucedió. Casi nunca es tarde para pedir perdón. Me gusta mucho esto de Ricardo Fisas: “No discutas. Aunque ganes, pierdes”. Lo más importante en la vida es aprender a definir tus límites: esos límites son tu parcela de seguridad, las vallas que delimitan las cosas por las que estás dispuesta a pasar y por las que no, por eso son sagrados. No digas que sí cuando es que no. No digas que no cuando es que sí. Lo que he aprendido del amor: cuando dejas de buscar encuentras. Lo sé: es una puta mierda. A escuchar se aprende, ponte a ello hoy mismo. A las personas más maravillosas que he conocido les une una cosa, una sola cosa: están preñadas de empatía. La culpa —qué te voy contar— pesa muchísimo, así que no cargues tus alforjas con las de los demás: porque entonces no podrás andar. Si no haces nada no pasa nada. Lo que deseas suele estar lejos, lo que tienes suele estar cerca. Creo que es más inteligente aprender a amar lo segundo. Sé buena persona, joder. Que no cuesta tanto.



Qué bien leerte de vuelta, las de los sábados son especiales siempre, ¡gracias por el esfuerzo!
Ánimo, a cuidarse!! Nosotros nos lo ponemos más difíicil muchas veces, pero no es nada fácil. Yo cuando pasa intento pensar en la parte “buena” de la ansiedad, pequeño aviso incómodo: “ojo por aquí mejor que no”. Qué difícil es: un pasito detrás de otro 💙
Abrazo a los dos!!
¡Bendita sea tu carta,Jesús! Porque ya está de vuelta y también por todo lo que resuena conmigo. Es importante salir de la ensoñación para valorar lo tangible, lo que esta al alcance en este momento. Espero que te encuentres mejor, que te sientas más tranquilo y como siempre darte las gracias por alegrarnos el sábado. Eres indispensable