Tuve un ataque de ansiedad en Vals, frente a los Alpes, en uno de los lugares más bellos del mundo, aquello reafirmó una cosa que ya sabía: da exactamente igual hasta dónde huyas, tus conflictos siempre viajan contigo, escondidos en tu maleta emocional, cobijados en algún lugar de tu equipaje, pegados a la piel. Laura me dio un Zaldiar, un analgésico que mezcla tramadol (un opiáceo) con paracetamol, para ver si conseguía librarme de esa sensación tan molesta: no puedes respirar. Algo te aprieta el pecho, sudas sin venir a cuento, el esternón es como un puño cerrado, sientes un peso que no cae de ningún sitio. Es raro. Funcionó, pasó el agobio, caminamos por el sendero de Gadastatt hasta la cima del Faltschonhorn. Concluyó el día, no sé dónde estaba pero allí no. Allí desde luego no.
Al día siguiente un poco la misma historia. Pero esta vez —manda pelotas— en un spa, rodeado de cuarcita, bruma y silencio. Ya había amanecido en el cantón de los Grisones, sobre los valles del Rin y del Eno. La vida es graciosa, porque justo en aquel momento una lectora me preguntaba que cómo afrontar la vuelta: a menudo vas a preguntarle. Yo estaba en albornoz, cagado de miedo, dudando si pedirle a Laura otro leñazo, con mi ansiedad sentada a mi vera, estoy por ponerle nombre, estoy por llamarla Lucrecia. Pensé en las razones que apuntalan esta angustia. La primera (la inabarcable) es familiar, pero el resto de argumentos la verdad es que no son objetivamente nada graves. Pero os diré un secreto: eso a la ansiedad se la suda un poco, me refiero a lo que objetivamente es pequeño o grande. Ella tiene su propia escala.
Consejos para la vuelta, me pedía la amiga. Que se le hace bola. Que cómo afrontar la montaña de todas las cosas que hay que hacer. Creo que me preguntó porque siempre he escrito columnas en torno a septiembre, diría que ya es casi una tradición: soltar amarras, sentir cada tajo, esas cosas mías. Que el año comienza ahora y toda esa vaina. Le prometí hacerlo en esta carta. Pero con un matiz: esta vez no con lo que hay que hacer —tengo pocas certezas, pero una es esta: en el fondo de tu corazón sabes lo que tienes que hacer— sino con lo que no. Así que me puse a escribir. En albornoz, sin tramadol, con una infusión de jengibre. No persigas la felicidad, no merece la pena: la calma es el tesoro. No opines si no te preguntan, no tengas miedo a llorar, no seas condescendiente con lo que no conoces. No te castigues con lo que ya sucedió. Casi nunca es tarde para pedir perdón. Me gusta mucho esto de Ricardo Fisas: “No discutas. Aunque ganes, pierdes”. Lo más importante en la vida es aprender a definir tus límites: esos límites son tu parcela de seguridad, las vallas que delimitan las cosas por las que estás dispuesta a pasar y por las que no, por eso son sagrados. No digas que sí cuando es que no. No digas que no cuando es que sí. Lo que he aprendido del amor: cuando dejas de buscar encuentras. Lo sé: es una puta mierda. A escuchar se aprende, ponte a ello hoy mismo. A las personas más maravillosas que he conocido les une una cosa, una sola cosa: están preñadas de empatía. La culpa —qué te voy contar— pesa muchísimo, así que no cargues tus alforjas con las de los demás: porque entonces no podrás andar. Si no haces nada no pasa nada. Lo que deseas suele estar lejos, lo que tienes suele estar cerca. Creo que es más inteligente aprender a amar lo segundo. Sé buena persona, joder. Que no cuesta tanto.
Es bonito estar de vuelta. Mañana regresa también Claves, esa pequeña comunidad de gente sensible. Como es primer domingo del mes, tocan las Correspondencias, respuestas pausadas a vuestras movidas. Podéis preguntar desde aquí.
Esto me hace muy feliz: ya está aquí El Consultorio & Gente bonita. Con sendas aplicaciones para iPhone y (al fin) también en Android. Os cuento mejor estas semanas, llevamos meses con ese proyecto. Creo que lo vamos a pasar bien ahí.
Feliz regreso a las pequeñas rutinas a todos y todas.




Qué bien que estés de vuelta! Feliz de leerte de nuevo.
Qué bueno tenerte de vuelta 💖 Maravilloso texto, amor del bueno ✨️🙏🏽