Mientras lo sostienes, no te puedes perder
Desde aquí no se escucha más que el discurrir del río Nissan. La nieve cruje bajo mis pies, me gusta caminarla, su presencia atraviesa la tristeza, cruzo andando el camino desde la Villa —donde duerme Laura– hasta Knystaforsen, donde trabajaré un rato en soledad. Anoche cenamos aquí, Nicola cocina con fuego: tan solo con fuego, se trasladaron a este espacio (un antiguo aserradero en mitad del bosque de Rydöbruk) junto su mujer Eva Tram en busca del silencio, dejando atrás la bulla de Copenhague. Hoy es uno de los restaurantes más interesantes del planeta. ¿Pero qué les movió a dejarlo a todo y pirarse a vivir en mitad de un bosque hace una década? Le pregunto a Eva en el trayecto desde la estación de Halmstad hasta nuestra cabaña: “¿Teníais un plan?”. “No, no plan”. Supongo que en otra vida ellos —y sus dos hijos— viven en Dinamarca, van en bici cada día hasta el trabajo, quizá ella sigue escribiendo para alguna revista (era su antiguo quehacer), se dicen adiós cada mañana, hasta la noche, se verán de nuevo mientras preparan la cena, hablarían entonces de las cosas del día. Así, un día tras otro. Pero aquella vida no sucedió. ¿Por qué elegimos un camino y no otro?
Durante la cena, frente a los ventanales que dan al bosque nevado, comparto con Laura un poema que me caló muy hondo esta semana, lo publicó Mrinank Sharma (jefe de Seguridad de Anthropic, creadores de Claude) junto con una advertencia: “El mundo está en peligro”. Sharma se retira a escribir poesía, le fascina Rainer Maria Rilke, a mí también Mrinank. En su carta se despide con unos versos de William Stafford: The way it is. “There’s a thread you follow. It goes among things that change. But it doesn’t change”. Cuando se lo cuento, Laura no tiene dudas en cuanto a ese hilo invisible que conecta todos los acontecimientos de mi vida: es el anhelo. Ella lo llama “hambre”, esa avidez de todo que nunca se sacia. Lo hablamos con Nicolai frente al fuego, le gusta el juego, rumia la respuesta pero sí que reconoce ese hebra que nunca suelta, la pulsión que late tras cada paso: es la calma. “Busco la calma en todas las cosas porque yo no la tengo” —¿Estamos condenados a buscar las cosas que no tenemos? Tras el desayuno en Fika by Steph damos un paseo por el bosque con “John Bolin, the forager”.
John trabaja para ellos en el restaurante, es el recolector que busca hierbas, olfatea las setas, conoce cada palmo de estas montañas, nos cuenta su historia mientras paseamos en torno al algo Simlången. Su abuela era una bruja (Vještica) en los bosques de Nin, su pueblo natal en Croacia. Se trasladan a Suecia tras la segunda Guerra Mundial, esa sabiduría atávica desciende hasta su madre y de su madre a él. No me hace falta preguntarle porque intuyo ese hilo en cada gesto: sin este manto blanco cubierto de robles se apagaría el brillo en sus ojos. “Mientras lo sostienes, no te puedes perder. Ocurren tragedias; la gente sufre o muere: y tú sufres y envejeces. Pero nunca sueltas el hilo”.



Bueno bueno, he tenido que buscar el restaurante porque solo imaginarlo ya era todo pureza. Me ha encantado el concepto del “hilo”, es tan cierto. Yo sin lugar a dudas sigo el hilo de sentirme en paz conmigo misma. Precioso Jesús.
Buenos días. (Fríos, ventosos e incómodos por aquí por el cantábrico)… yo soy muy urbana. (Imagino que por eso compenso viviendo en pueblitos de no más de 2000 habitantes)… El caso, es que mi hijo (31), tiene algo en su forma de crear (es cocinero de alma. Desde niño)… con sus platos siempre trabaja en cercanía (este año le entregaron sus placas de Km. 0 y slowfood), pero tiene unas alas y unas raíces que me flipan, a nivel gastronómico. Uno de sus staffs en sus años de formación en el Basque Culinary, fue en Stockholm, en frantzen… Su libreta de apuntes de entonces (han pasado 12 años, calculo), de aquellos seis meses aprendiendo técnicas de cocina nórdica, los sigue usando como fórmulas mágicas.
Y su proyecto final (TFG, creo que se dice ahora), consistió en un estudio que hizo de todas las hierbas, frutos y setas de los montes de Bizcaia. El proceso durante tres meses o cuatro, consistía en vestirse con su ropa de montañero, hacer paseos y rutas por las montañas de la zona, recolectar todo lo que le parecía interesante, luego con expertos en botánica, asegurarse de que no hubiera productos peligrosos para la salud, y en una tercera fase, laboratorio y cocina. Desarrollar recetas, infusiones y caldos para va cocina del Nerua, Guggenheim Bilbao. Me pareció un proyecto maravilloso, pero sobre todo, que tantos años después siga desarrollando todo lo que hace, a partir de esa riqueza que lleva metida dentro, para siempre.
Que afortunados somos. Los que sabemos apreciar el alimento, desde todos estos puntos de vista.
Feliz finde a todos.