Lo entendí cuando ya era tarde
Los días estos días de invierno se hicieron anchos, prendió la calma, llovió muchísimo, siempre una vela encendida. No hice planes, no celebré, no tuve tiempo para la prisa. Ni uvas ni viajes ni gravedad ni horizonte, prácticamente abandoné los propósitos: cuidar a quien me cuida, no aspiro a más. Me escribió Eva con los de Virginia Wolf: “No tener ninguno. No estar atada. Ser libre y amable conmigo misma. A veces leer, a veces no leer. Salir, sí, pero quedarme en casa a pesar de que me inviten. En cuanto a la ropa, creo que compraré una buena”. Yo estoy atado. Quiero estarlo. Ha pasado un año. Desde el peor invierno de mi vida han pasado doce lunas, el este y el oeste, la levedad se quebró, ella ya nunca podrá ser la misma. He vuelto a terapia. No sé si supe despedirme del padre que ya no seré, se supone que debo, pero no sé cómo se hace eso —¿cómo se hace? Vivir el duelo de lo que ya no sucederá. No me quita el sueño. A veces me siento culpable por no sentir.
Laura tiene una costumbr…

