Lo entendí cuando ya era tarde
Los días estos días de invierno se hicieron anchos, prendió la calma, llovió muchísimo, siempre una vela encendida. No hice planes, no celebré, no tuve tiempo para la prisa. Ni uvas ni viajes ni gravedad ni horizonte, prácticamente abandoné los propósitos: cuidar a quien me cuida, no aspiro a más. Me escribió Eva con los de Virginia Wolf: “No tener ninguno. No estar atada. Ser libre y amable conmigo misma. A veces leer, a veces no leer. Salir, sí, pero quedarme en casa a pesar de que me inviten. En cuanto a la ropa, creo que compraré una buena”. Yo estoy atado. Quiero estarlo. Ha pasado un año. Desde el peor invierno de mi vida han pasado doce lunas, el este y el oeste, la levedad se quebró, ella ya nunca podrá ser la misma. He vuelto a terapia. No sé si supe despedirme del padre que ya no seré, se supone que debo, pero no sé cómo se hace eso —¿cómo se hace? Vivir el duelo de lo que ya no sucederá. No me quita el sueño. A veces me siento culpable por no sentir.
Laura tiene una costumbre cuando sucede algo malo, siempre subraya este pensamiento tras un drama: “Pero podemos aprender”. ¿Qué aprendí entonces? Es un buen comienzo para una carta, lo anoto en el tren que nos lleva desde Zúrich hasta Lucerna, desde la ventana observo el lago Zürichsee, allá al fondo las cumbres heladas del monte Pilatus, la ciudad está cubierta de nieve blanquísima, suspendida en este frío que no cala. Me cuesta volver a escribir pero me muero si no lo hago. Eso también lo he aprendido: no pasa nada por ser un cosa y la contraria. Yo pensé que sabía de qué iba la vida porque caminaba ligero, nunca el invierno dentro porque tan solo importaba el calor, que lo malo se quede al otro lado del cristal, podar el daño como se podan las ramas secas cada invernada, mi madre me dijo que en el campo a eso lo llamaban escamondar. Pero la vida es otra cosa.
Qué aprendí entonces. Que caminar es mejor que correr, comer tan solo con hambre, que las cosas que no dices no desaparecen sin más: se te pudren dentro, gangrenan la alegría. El corazón es la respuesta pero es el estómago quien te llevará hasta su latido. Habla tan solo por ti, pregunta cuando no sepas, entiende que tu fragilidad es tu fortaleza. Cuando me enfado tiendo a quemar las naves, serrar las ramas, cobijarme donde no llega el aire. Aprendí que eres lo que está por venir pero también —quizá especialmente— la tierra que te precede, eres tus padres y los padres de tus padres. Eres el fruto de un árbol inmenso, una parte de ti ya lo sabe, has de seguir esa senda. Haz caso siempre a tu instinto. No pasa nada por estar perdido: lo importante es andar, mejor una brújula que un mapa, ten siempre cerca a la gente que te quiere bien. Nos engañamos cuando pensamos que había varios caminos, por eso fantasear con “qué hubiese pasado si” es perder el tiempo. Porque es mentira, tan solo existe este, los otros nunca sucedieron. Ni sucederán. Por eso es imprescindible amar cada uno de tus pasos. Que la ternura sea tu bandera. A lo mejor no es tarde.



No saber cómo despedirte del padre que ya no serás es normal; el duelo no pide permiso ni sigue un guion, y no sentir culpa intensa no lo invalida; es tu ritmo, y está bien. A su tiempo, encontrarás el mejor modo de gestionarlo o él te encontrará a ti. Hasta entonces, no te castigues ni te ralles buscando una culpa que no le pertenece a nadie. Al igual que tu corazón sigue bombeando sin esfuerzo, permite que esto fluya sin forzarlo.
Cuidate mucho, cuidaos mucho.
Abrazo enorme a los dos, ¡besos!
P.D. Nunca es tarde. Seguimos vivos, ¿no?
Gracias Jesus. "A lo mejor no es tarde". Me da calma pensar en esto que dices. 💕