La Zona
“Siempre sé cuando estoy en la Zona. Cuando estoy en la Zona no deseo estar en ninguna parte. Mientras que cuando no estoy en la Zona siempre deseo estar en otra parte, y me gustaría estar en la Zona”.
Me impactó mucho la descripción que hace Geoff Dyer de su lugar sagrado en Yoga para los que pasan del yoga. En realidad, la idea no es suya, pertenece a Andréi Tarkovski y a su película Stalker; allí es un espacio postapocalíptico pero para Dyer adquiere otro matiz: ese lugar en el que experimentas (nada más pisarlo) una extraña sensación de llegada, de “algo final”, estación termini. He llegado, aquí me quedo, aquí es: “No era un lugar donde había entrado, sino el espacio soñado del pasado. Estaba en la Zona”.
Para Geoff ese lugar es Leptis Magna, unas ruinas romanas abandonadas en Libia: “Una angosta vía férrea serpenteaba entre las ruinas, las lluvias recientes habían inundado los baños de Adriano. El viento agitaba la superficie de las aguas. Unas latas se oxidaban al fondo de los baños. Las malas hierbas se contorsionaban sobre las losas rotas”. También lo son Somme en Thiepval o la Capilla Rothko de Houston, lugares donde (para él, porque esto es muy personal) sobra el tiempo, se duerme la prisa: “De inmediato tuve la sensación –que había experimentado en muy pocos lugares del mundo– de entrar, no tanto en un espacio físico, como en un campo de fuerza, en un lugar donde el tiempo había resistido”.
Para Laura, no tengo ningún lugar a dudas, ese lugar tendría el olor del mar —que se llama maresía. Roca fría bajo los pies, la lumbre del sol abrasando su piel dorada, la luz blanca de este Mediterráneo viejo como el tiempo. Quizá un cala perdida en Mallorca, cerca de las cuevas de Artá. También lo sería un lago en torno a montañas, como Arnensee, la perla salvaje de Saanenland. Lo único que tengo claro es que esa experiencia (llegar a su Zona) para ella nunca podría ocurrir en un interior. Para mí lo fue el primer atardecer frente a La Caleta, un verano de hace ya muchos, muchos años. Hace no tanto me sucedió algo parecido (“He llegado, aquí es, siento que una parte de mí ya formaba parte de esto”) paseando por Vals, un pequeño pueblo alpino, es cuando sientes que algo te atraviesa. Me pregunta cómo saber si estás o no estás. Y creo que esa es, precisamente, una de las pistas para llegar hasta ella: si no hay certeza no es ahí. “Es lo que tiene la Zona, es una de las cosas que adoro de la Zona: sé cuándo estoy en ella”. La vida puede —de hecho, lo está— llena de grises y de dudas, de puede ser que sí pero también puede ser que no. La Zona no se mueve en esos parámetros de tibieza, no se puede fingir estar allí: es sí o no.
Mi Zona es un espacio, pero no solo. Tractor es mi lugar sagrado, las mañanas con mi madre en el campo. Esta vida (este hogar) lo es, amor mío. Hace poco me preguntaron, en una entrevista, de qué iba la vida. No recuerdo qué respondí, sí sé lo que diría hoy: buscar tu Zona incansablemente (sin descanso, con ahínco, con cada célula de tu cuerpo) defenderla sin piedad, plantar antorchas en la frontera, tatuarte en los huesos el camino hasta ella. Porque el resto son tan solo lugares de paso.



Para mí, la Zona es un refugio. Un pequeño poblado interior donde el alma descansa y el ruido del mundo pierde fuerza. Es mi lugar de paz, donde recupero la esperanza que tantas veces la vida parece arrebatarme.
Allí encuentro el silencio que no es vacío, sino presencia. El tiempo se detiene, y en esa quietud vuelvo a estar en comunión con Él. Y cuando eso ocurre, todo cobra sentido otra vez. Las preguntas dejan de ser peso y se convierten en camino.
En la Zona, los miedos se disuelven como niebla al amanecer, y los problemas dejan de ser muros para transformarse en pasos. Incluso aquello que duele en mi matrimonio encuentra luz: el perdón se hace posible, y el amor, aunque herido, vuelve a respirar. Mis miserias no me condenan; son abrazadas. Y mi futuro, lejos de cerrarse, se abre con una esperanza nueva.
Es un pequeño poblado de Verbum Dei, escondido entre montañas, en un rincón sencillo de Siete Aguas, en mi tierra. Un lugar que no solo está fuera, sino también dentro de mí.
La Zona es donde siempre que puedo me pierdo… para volver a encontrarme con Él.
Creo que mi Zona está en un pequeño campamento en medio de Masái Mara. No puedo describir la sensación de paz que experimenté, como una ola que lo envolvía todo. Fue abrumador y, a la vez, tan certero como sentir que podría quedarme ahí para siempre.