En Sicilia tienen una tradición bonita. Se llama la Festa dei Morti, sucede exactamente el Día de Difuntos, la noche del uno al dos de noviembre. Esta es la creencia: los muertos de la familia regresan para traer regalos a los más pequeños: dulces de mazapán (frutta martorana) y unas galletas llamadas ossa di morto. Así que los niños crecen creyendo que sus abuelos, aunque no estén, sí están: porque continúan cuidándolos. Un poco como los Reyes Magos, pero diferente: en i morti son los difuntos (sangre de su sangre) quienes les traen los regalos. En la mayoría de tradiciones paganas es al revés: somos los vivos quienes llenamos de presentes a los que no están. Me gusta el trasfondo: quien te cuidó te sigue cuidando. También tiene un lado melancólico —como casi todo lo que me atraviesa—, lo relata Andrea Camilleri: “Lentamente, anno appresso anno, i morti persero la strada che li portava nelle case”. Lentamente, año tras año, los muertos perdieron el camino que los llevaba a las casas. Si no los recuerdas no podrán encontrar la puerta de su morada, que es la tuya. Por eso perdonar a tus padres es la llave que abre la última puerta.
Lo que más me interesa, claro, es el trasunto emocional. Somos quienes somos pero también quienes nos preceden. No es que “te parezcas” a tu madre —y a tu padre— es que ellos son tú y tú eres ellos, estáis conectados como el musgo a la corteza de un roble en otoño, somos ramas diferentes del mismo árbol. El término científico es microquimerismo. Durante el embarazo, células del feto viajan hasta la madre, permaneciendo en su cuerpo durante décadas, llegan hasta el cerebro. Un estudio de 2012 llegó a encontrar restos de ADN fetal en una mujer de 94 años: allí seguía su cachorro, más allá del mármol, más arriba de la luz helada del quirófano. También sucede al revés: células de la madre son sembradas en el bebé, para un día germinar. Por eso nuestras vidas están sincronizadas, suceden en realidad a la vez pero en generaciones distintas; toda madre contiene en sí a su hija, y toda hija a su madre.
Siempre he sido muy desapegado con los objetos. Laura es todo lo contrario: si Eva le regala un libro, ella siente que ese libro es un trocito de su mamá —como una suerte de horrocrux, así se lo cuenta Horace Slughorn a Harry Potter: “Divides tu alma, de hecho, escondes una parte de ella en un objeto fuera del cuerpo. Entonces, incluso si el cuerpo de alguien es atacado o destruido, no puede morir ya que parte de su alma permanece ligada a la tierra e intacta”. Una vez pasó esto: Eva me regaló un libro, yo ya lo tenía, así que le dije a su hija: “¿Te importa que lo baje al trastero?”. Su cara era un poema: “Ni se te ocurra. Pobrecita mi mamá; ahí sola en el trastero, con toda la humedad, la oscuridad, el frío”. Sigue en casa. Como en tantas otras cosas, Laura tiene razón. En la Festa dei Morti los objetos que les pertenecieron son los luceros que los traerán de vuelta a casa, por eso hay que dejarlos a la vista, por eso hay que cuidarlos. Borges decía que “nuestras cosas nunca sabrán que nos hemos ido”. Es triste, pero bonito, y quizá también verdad: siguen aquí. En su jersey de lana, en su anillo, en su pluma (pienso en el papá de Alberto), en las cosas que les pertenecieron. Como el perro que sigue sentado a la vera de la tumba de su humano. Nunca se irá.

Novedades chachis en El Consultorio y Gente bonita. Queríais más formas de conectar y, et voilà, os traemos una —es idea de Laura Velasco, las cosas como son— que yo creo que nos va a dar mucho juego. Se trata de la pregunta del mes, que siempre (o casi siempre) tendrá un trasfondo emocional. Molará ver qué responde cada uno de nosotros. A cada respuesta puedes plantarle un ❤️, también escribir a la persona sobre lo que ha contado. Fácil.
Imprescindible: recuerda actualizar la aplicación. Mañana lanzaremos la de noviembre, creo que será esta: “¿Perdonarías una infidelidad? ¿Y por qué?”.




Buenos días, Jesús.
Tus palabras me han traspasado el corazón. Hay textos que uno lee y sigue con su día, y hay otros que se quedan dentro, que encuentran una habitación de la casa que llevabas años sin abrir.
Hace tiempo mi madre me habló del microquimerismo. Recuerdo que me quedé fascinada con la posibilidad de que una madre y un hijo pudieran permanecer unidos incluso mucho después de haberse despedido. Entonces empecé a buscar información. Necesitaba saber si sus células también podían seguir viviendo dentro de mí, si en un embarazo que no llegó a término había habido tiempo suficiente para que mi pequeña se abrazara a mi cuerpo y decidiera quedarse.
Y descubrí que sí. Que, incluso en aquellos primeros días, podía haber comenzado ese intercambio de células. Que quizá mi pequeña seguía conmigo de una manera que la ciencia empezaba a explicar, pero que mi corazón nunca había necesitado demostrar.
Hace años tuve un aborto. Todavía hoy no lo he superado. Pienso en ella cada día. No pude volver a quedarme embarazada y, quizá por eso, hay una parte de mí que sigue viviendo en aquella espera. Ser madre era lo único que tenía claro desde pequeña. Con apenas tres años ya cogía a mi hermana en brazos y, cada vez que nacía un niño en la familia, les pedía a mis padres que fuéramos a visitarlo. Siempre he sentido una debilidad especial por los bebés. Basta con cruzarme con uno para que se me escape una sonrisa. Mi marido dice que no puedo evitarlo: si veo uno por la calle o en el supermercado, tengo que decirle algo, hacerle una carantoña o dedicarle algún piropo. Y lo más curioso es que siempre me devuelven la sonrisa. Se quedan mirándome, como si entre ellos y yo existiera un idioma que no necesita palabras.
Mi marido, que me conoce bien, suele decirme: «Qué gran madre se ha perdido el mundo».
Y yo sonrío. Aunque hay días en los que esa frase también me acaricia una herida.
Cuando leí sobre el microquimerismo sentí que encontraba una respuesta a una pregunta que llevaba mucho tiempo haciéndome. Quise pensar que mi pequeña seguía cogida a mí, que había encontrado la manera de quedarse, que no todo se había marchado aquella mañana. Que hay abrazos que no necesitan brazos y presencias que no necesitan ocupar un lugar en el mundo para ser eternas.
La amo sin haber visto jamás su carita. No sé a quién se habría parecido, cómo habría sido su risa o qué habría heredado de nosotros. Pero la conozco de esa manera misteriosa en la que se conoce lo que se lleva dentro. Está en mi memoria, en mi corazón y en ese pequeño rincón de mi vida donde el tiempo no ha conseguido pasar.
Y tengo una certeza que no necesito explicarle a nadie: cuando el Señor me llame a su presencia, ella vendrá a recibirme. La reconoceré. Y entonces, por fin, podremos abrazarnos sin despedidas, sin tiempo y sin miedo. Será nuestro abrazo pendiente. Para siempre.
Quiero mandar un abrazo muy calentito, como dice Laura, a ella y a todas las mamás y los papás que han vivido un aborto. A quienes han tenido que aprender a convivir con una ausencia que, aunque a veces no se vea, ocupa un lugar inmenso. Ojalá nunca olvidemos que nuestros pequeños también forman parte de nuestra historia.
Quizá nos quede esa esperanza: que el amor encuentra maneras de permanecer que ni siquiera la muerte puede explicar. Que algunas conexiones no se rompen. Que una madre y su pequeño pueden seguir unidos para siempre.
Feliz semana a todos. Y gracias, Jesús, por escribir algo que, sin saberlo, ha llegado hasta una parte de mí que necesitaba sentirse abrazada.
Muy con Laura: cuando alguien se acuerda de ti, sea lo que sea que te ofrende, una simple nota, lo que sea ,algo de esa persona ( deseos , afectos, cuidado, mimo...) queda en ello . Saber corresponder dándole su sitio en ti, en tus espacios , en tu vida es vorresponder. Muy fan . Yo soy muy trastera conservo hasta piedras ... Jejejje