Exponer tus mierdas
Hay un pasillo en la exposición de Tracey Emin en la Tate Modern del que es imposible salir como entraste. Es un pasillo estrecho, apenas iluminado, no son más de veinte metros, un puñado de fotografías del proceso tras su cáncer de vejiga, nadie tiene el valor (yo tampoco) de usar el móvil. Un pequeño cartel lo advierte antes: “This corridor includes self-portraits of the artist’s body post-surgery, including her stoma and images of blood”. La urostomía es la abertura quirúrgica que se realiza en el abdomen para desviar las heces y la orina a una bolsa externa. La artista relata con imágenes cada momento del proceso, no hay drama, no hay ningún mensaje. Tan solo es su vida y es ella la que decide mostrarla. La siguiente sala está dedicada a sus dos abortos, el primero sucedió en un taxi camino del hospital, acababa de graduarse en el Royal College of Art; el segundo (de gemelos) fue en una antigua iglesia reconvertida en una clínica, de manos de la Abortion Act. Nunca se recuperó emocionalmente. Me alegro entonces de haber venido solo a este viaje, no es un sala cómoda para Laura, la artista no tiene piedad con su vida, me estremece su violencia pero no es justo que la describa así—ella solo muestra su intimidad. Es mi dolor el que desata esta vehemencia. En un vídeo, titulado “How it feels”, relata cómo fue aquel primer aborto: el trauma, la culpa, la ira, la tristeza, cada una de las negligencias médicas. Antes de salir me quedo un rato frente a “My bed”, la obra por la que la conocí, su cama (tal cual, no es una metáfora: es su cama) a lo largo de la depresión que transitó tras uno de los abortos: hay pañuelos, botellas de vodka, manchas de sangre en las sábanas, ropa interior, cigarros. Es triste, pero también esperanzador: Tracey dice que esa obra fue su redención porque por dentro se moría, mostrar su herida la sanó.
Pensaba quedarme a ver la exposición permanente pero no tengo el ánimo, estoy devastado, cancelo la reunión que tenía después. El Underground me deja en la estación de Green Park, vuelvo caminando hasta el hotel, dejando a mi izquierda St. James Park, cruzo la rotonda de Picadilly, doy un paseo por Hyde Park, hasta el jardín de las rosas amarillas, hay patos en The Serpentine, en esta ciudad se escucha a todas horas el graznido de los cuervos. Londres, como casi siempre, está gris. Hablo con Laura, le digo que me siento terriblemente afortunado porque esté en mi vida, esta noche he soñado que me dejaba, eso no se lo he dicho. He soñado también con un acantilado frente al mar, con sábanas tendidas, con guijarros a la vera de un río, con callejuelas en el barrio del Albaicín en Granada. Por la mañana sigo escribiendo alguna páginas del nuevo libro, será una novela, hoy siento que no merece la pena. Sé que el miedo es normal, pero creo que debería ser más crudo. Me sucede también con las personas. De un tiempo a esta parte me aburre muchísimo pasar tiempo con quien no se expone, con quien tan solo es corteza, es que no me interesan tus naderías: quiero saber cómo estás, qué te duele, qué te atraviesa, qué te hace moverte, qué te hace vibrar, qué te mata, cuál es tu veneno. Tengo pocas certezas. Esta es una de ellas: mostrar tu herida es la única forma de curarla.
Mañana es el primer domingo del mes, así que tocan las Correspondencias: respuestas pausadas a vuestras preguntas desde el corazón, intentando ser honesto, con tiempo y espacio. Podéis hacer las preguntas desde aquí.



Alivia leer esto. Yo decidí hace poco hablar de una de mis heridas, la enfermedad autoinmune crónica invisible, e incomodo. Sobre todo a personas cercanas. Creo que les da miedo el qué dirán y les genera culpa. Pero hablarlo y visibilizarlo e ir a terapia ha sido un camino transformador para mí. Gracias por compartir.
Me encanta leerte. Tu libro Buscaba la Belleza fue el elegido este mes en el club de lectura que hacemos con 7 amigas, siguiendo la recomendacion de libros de Milena Busquets. Soy de Argentina.