Me lo dijo la otra noche Luis, en el Teatro Real, frente al Palacio de Oriente: que le gustaba asomarse a esta vulnerabilidad. La fragilidad, o al menos eso subrayó, que transpiran estas cartas. A veces me pregunto que para qué: preocupo a la gente que me quiere, siento que tanta exposición quema mi piel, como cuando caminas bajo un sol abrasador sin crema solar. Volví tarde, cruzando por Carlos III hasta Ópera, Madrid bullía bajo un cielo sin estrellas, lo recordé entonces: fue precisamente un octubre cuando me enamoré de esta ciudad imposible. Entonces todo estaba por hacer. Ya no siento lo mismo. No está siendo un otoño fácil, me dormí a las tantas, en mi hotel de casi siempre, el Sardinero de Alonso Martínez. Mi feed era una cosa extraña. Por ahí se cuelan gatos, boxeadores guanteando, reels de paisajes en Lofoten, consejos de mierda que nunca me interesan, creo que ya sabéis de lo hablo: cómo has de vivir tu vida, resiliencia, longevidad, sé tu mejor versión. Yo los ignoro, pero se multiplican, como los zombies en aquella peli de Brad Pitt. Pero uno, ya ves tú, me hizo gracia.
Era algo más o menos así: cuando estás mal también estás bien, pero no lo sabes. Primero pensé que era una tontería. Luego pensé que era verdad. Que las nubes cubran el sol no quiere decir que no exista. Él está allí, tras la galerna, preñado de luz. En el Kojiki, el libro más antiguo de Japón, cuentan la historia de Amaterasu, la diosa del sol, un día —enfadada—se escondió en una cueva, y el mundo se quedó a oscuras. Llaman entonces a Ame-no-Uzume, la madre de la alegría, para que baile kagura (una danza sagrada) frente a la cueva, cantan también los gallos, acompañan la ofrenda con un espejo. Cuando Amaterasu se asoma, movida por la curiosidad, ve su reflejo. Vuelve la luz. El sol siempre está, aunque no puedas verlo. Eran las dos de la mañana, a lo mejor es buena idea, una plegaria en busca de un poquito de luz. Con las cosas que me prenden. No vaya a ser que tenga razón el Kojiki: la luz llama a luz.
La lección más importante que he aprendido este año: no quieras lo que se supone que debes querer. Quiere lo que quieres.
Sé que le queda poco tiempo (a nuestro Tractor) pero hoy (todavía) ronronea, se acurruca en mi regazo, nos mira con esos ojos suyos verdes, bellísimos, entonces el mundo se para, camina lento tras su mamá. Mi vida: tu amor aró mi tierra. Cada día es un milagro.
Es mejor viajar que no viajar pero es mejor no viajar que andar siempre huyendo. Tarde o temprano tendrás que afrontar la pregunta más difícil: ¿dónde yo soy yo?
“Para pintar el mar hay que haber navegado”, Jean Antoine Théodore de Gudin. Estoy por tatuármelo. Pero no lo haré: soy esa clase de persona que no subraya los libros, que tiene miedo al miedo.
“Desde que vi la Vista de Delft en el museo de La Haya supe que había visto el cuadro más bonito del mundo”, escribió Proust. El cuadro más bonito del mundo lo podéis ver en la exposición Mauritshuis ♥ Thyssen-Bornemisza, Obras maestras de La Haya. Una sorpresa: en el libro catálogo de la exposición, Una historia de amor entre dos museos, escribo un relato —un cuento sobre el deseo— en torno a uno de los cuadros. Escriben también ahí Sara Mesa, Antonio Muñoz Molina, Juan Tallón, David Uclés o Gabriela Wiener.
El lienzo que más me ha impactado en todo mi vida fue La falaise de Courbet. Va a ser verdad: miramos el mundo como somos.
“Lo dice san Pablo. Lo dice el Bardo Thodol. Lo dice Winnie the Pooh: volveremos a encontrarnos todos, en otro rincón del bosque, siempre habrá un niño jugando con su oso. Yo creo en eso. En realidad, no creo en nada más”, Emmanuel Carrère nombrando a Winnie the Pooh me hace bastante feliz.
Es muy bonito cuando alguien te escucha con el corazón abierto de par en par. No me sucede tanto como desearía.
Pienso mucho en este párrafo de Felipe Benítez-Reyes: “Pobrecilla María. A quien tuve. A quien perdí. A quien no quise como se debe querer lo que se quiere: contra uno mismo”.
Ayer mismo, frente a una de las calas de mi vida, en Illetes, nuestra amiga Emma me dijo una cosa bonita: lo que llamamos principio casi siempre es el final de otra cosa.
Nadie va a decir por ti lo que no eres capaz de decir tú. Quizá no puedes, no quieres, no sabes decirlo. No pasa nada. El tema no es ese: el tema es no esperar que la otra parte sepa cómo te sientes, como por arte de magia, porque eso no va a pasar.
Perdonar no significa permitir que el pisotón perdonado se repita.
Quiero llorar porque me da la gana, es un verso de Federico García Lorca escrito pocos días antes de morir: “Como lloran los niños del último banco / porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja /pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado”.
No hay que olvidar nunca esto: el último traje no lleva bolsillos.
Hay tiempo. Todavía hay tiempo.



Qué bonito, como siempre. A mí me encanta la vulnerabilidad que transmites y, en general, la gente que se atreve a mostrarse vulnerable. Es lo que termina removiéndonos algo por dentro. Todos tenemos grietas por donde se cuela la fragilidad. Algunos las muestran y otros no. Yo siempre conecto con esas personas que se atreven a mostrarlas. Me parecen más auténticas.
Gracias, Jesús, por compartir tu vulnerabilidad con tanta honestidad y sensibilidad. No siempre es fácil exponerse así, pero hay algo profundamente valioso en tus palabras: no pretenden ofrecer respuestas, sino que nos permiten reconocernos en ellas y sentirnos un poco menos solos. Gracias por abrir esa ventana cada sábado 🫶🏻