Nada importa

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Valentía

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Jesús Terrés
mar 15, 2025

A Toni Segarra le pregunté si podía conducir la presentación de Vivir sin miedo en Barcelona un viernes siete de marzo, era para el jueves siguiente, me respondió un par de horas después (¿qué andaría haciendo?) con un sí sin matices. “Claro, Terrés. Cuenta conmigo”. El libro le llega el martes once, con tan solo dos días para para prepararse la charla, me avergüenza esta encerrona pero responde con humor, con ese tipo de temple que tan solo da la experiencia cuando viaja acompañada de sensibilidad: “No me va a dar tiempo a leerme el libro. Igual esa es la gracia”. Sonrío (cómo no hacerlo), lo acompaña con una petición cargada de ternura: “Y me iré volando. Ha llegado mi niña de Los Ángeles, que es un sitio que está empecinadamente lejos, y me quiere dar muchos besos”. Se lo cuento a Laura (también lo admira) y le digo: “Qué valiente, ¿no?” pero ella piensa otra cosa: “No, no es valiente, es inteligente, sabio, sabe navegar la incertidumbre, te quiere. Pero no es valiente porque no le da miedo hacerlo”.

Tiene razón. Le pido que extienda eso, es que ahí olisqueo una carta: “Valentía es enfrentarse a cosas que te dan miedo. Valentía no es no tener miedo, es atravesarlo”. Recuerdo un texto de Antonio Gala (me lo regaló una lectora, Pepa González Ramos, que vive entre Madrid y Nueva York) es una página de su sección Carta a los herederos, la escribió en El País Semanal, se titula Hacia vosotros mismos, noviembre de 1993, la copia está llena de subrayados: “Los valientes son quienes mantienen sus propias opiniones, adquiridas si es preciso a zarpazos, y las defienden de los otros. Son quienes emprenden el prodigioso viaje hacia sí mismos, la búsqueda de cuyas sendas es despiadada y es costosa”. Gala, como Juan Rulfo, sabía que el único viaje posible es hacia dentro, que cada paso de nuestra vida (en realidad) nos lleva hacia nosotros mismos. Por eso es tan importante —quizá lo más importante— afinar el oido, hablar (como en aquel koan) “sin usar la lengua”, entregarse a la alegría, escuchar a tu intuición (tengo la certeza que la intuición no es magia: es gracia, consciencia, la inteligencia de quien sabe leer las señales ocultas del mundo que nos rodea), entender que cuando das te das, caminar pese al miedo. No sin miedo, porque eso es imposible. Caminar pese al miedo.

Valiente fue mi mamá, Dolores, cuando con cuarenta y ocho años, viuda, sin otro trabajo que las casas que limpiaba, tiró p’alante, atravesó las brasas del miedo, cada una de sus inseguridades, un día tras otro. Qué valiente fuiste, mamá. Valiente fue Laura cuando (tras solo un par de meses después de conocernos) envió este email desde la agencia para la que trabajaba, Fly me to the Moon: “Os escribo este mail, ilusionada, para contaros que me mudo a Valencia por motivos personales (sí, por amor)”. Dejó atrás su trabajo pero también a su gente, a su familia, su casa (su cama), sus rutinas, sus paseos por Madrid. Nunca se lo he preguntado, quizá lo haga hoy: “Tenías mucho miedo, ¿amor mío?” Valiente es quien elige creer cuando no hay motivos para hacerlo, quien entiende que la vida es cambio ( “consiste en un incesante movimiento, cuya salvaje armonía es imposible que capten los cobardes”) y el cambio siempre duele. Valiente es quien perdona sin reproches, quien sigue mirando (pese a toda la mierda que nos rodea) el mundo bonito, audaces militantes en el bando de la belleza, valiente es quien ama sin escoltas.

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