Una cosa tras otra
Observaba por la ventana del tren que nos transportaba desde el aeropuerto de Zúrich hasta Vals, el lago de Walen allá en el horizonte a nuestra izquierda, en medio de montañas interminables. Tenía la intención —lo intento, cada verano— de ir anotando en una libreta del tamaño de una cuartilla las cosas que voy aprendiendo a lo largo de estas semanas sin relojes. Es que siempre he pensado que la versión de nosotros mismos que somos en verano es lo más parecido a lo que realmente somos, ya sin paraqués ni cerrojos.
No son exactamente unos propósitos porque a estas alturas de mi vida ya no hago propósitos porque pa qué, si no tengo la menor intención de cumplirlos. Me conformo con los básicos para un andar ligero —seguir cegándome con la luz que cae de un libro, beber mejor, comer platos sencillos, dar un paseo cada tarde, cuidar (y proteger) a cada animal que me cruce, leer más poesía, saber callarme cuando toque, guardarme muy mucho de expresar mi opinión a quien no me la ha pedido, vi…

