Observaba por la ventana del tren que nos transportaba desde el aeropuerto de Zúrich hasta Vals, el lago de Walen allá en el horizonte a nuestra izquierda, en medio de montañas interminables. Tenía la intención —lo intento, cada verano— de ir anotando en una libreta del tamaño de una cuartilla las cosas que voy aprendiendo a lo largo de estas semanas sin relojes. Es que siempre he pensado que la versión de nosotros mismos que somos en verano es lo más parecido a lo que realmente somos, ya sin paraqués ni cerrojos.
No son exactamente unos propósitos porque a estas alturas de mi vida ya no hago propósitos porque pa qué, si no tengo la menor intención de cumplirlos. Me conformo con los básicos para un andar ligero —seguir cegándome con la luz que cae de un libro, beber mejor, comer platos sencillos, dar un paseo cada tarde, cuidar (y proteger) a cada animal que me cruce, leer más poesía, saber callarme cuando toque, guardarme muy mucho de expresar mi opinión a quien no me la ha pedido, viajar a lugares nuevos, decirle a mi madre que la quiero. Escuchar. No dejar de creer.
Ningún propósito pero sí un par de hojas con las cosas nuevas que aprendo. Esas pequeñas lecciones, esos trocitos de conocimiento son tu bien más preciado, las criptomonedas de la vida. En el tren había un chaval de unos catorce años, ensimismado en unos auriculares gigantes y su pantalla del móvil, estaba leyendo algo, sentado ajeno a nosotros y al mundo, entre sus piernas una mochila gastada. En la siguiente parada se subió una pareja de ancianos, ambos con sus bastones de senderismo y botas de montaña. Apoyaron los bastones en un rincón, plegaron cuidadosamente sus cortavientos y doblaron un mapa impreso en seis partes perfectas, en una sinfonía pausada y bellísima. Lo guardaron en una bolsita cruzada. El chaval los miró, se levantó para cederles su sitio, hablaron los tres un rato en torno a rutas sobre Los Alpes. Escuché bajito cómo él les preguntaba, con toda la ternura del mundo, “¿Y todavía os atrevéis con esas rutas? Qué valientes”. Sonrieron, se sonrieron. “Vamos con cuidado, no tenemos prisa, una cosa tras otra”.
También yo estaba frente a una pantalla, a mi lado Laura dormía apoyada en su trench, las nubes susurraban historias antiguas a las montañas y a mí me era imposible terminar un capítulo de lo que andaba escribiendo; cien pensamientos poblaban mi no estar aquí, pero ninguno tenía que ver con lo que en realidad tenía que hacer. Con lo que quería hacer. Laura se despertó lento. Ellos se bajaron en la siguiente parada. Lo apunté en mi cuaderno de pequeños tesoros: una cosa tras otra.



No sabía que os había echado tanto de menos! Qué alegría volver a leerte! Suena lindo, suena a paz. Creo que me encanta septiembre! Un feliz día a esta linda comunidad 😊 💕
Hay mucha suavidad en el relato, palabra tras palabra nos llevas transportas a ese vagón. “Una cosa tras otra”, me lo voy a aplicar, porque a veces, a los que la cabeza nos va a mil, aplicarnos esta lección, no viene genial. Me ha encantado.