Un lema para resumir una vida
Un cóctel con Jordi en Dr. Stravinsky. Me gusta caminar esas calles, zona cero del Born, desde Salvador Aulet hasta Brosolí, cruzando la Via Laietana. Apenas hay turistas a través de estos pasajes angostos, arcos de piedra, palacetes góticos, hierro forjado. Bebemos lo mismo, un Tuber negroni con mezcal y Tête de Moine. Su padre, como el mío, se fue demasiado pronto. Un momento. ¿Cuándo es demasiado pronto? Hablamos de la muerte, del sinsentido de todo esto, de que, casi siempre (ante la duda) merece la pena alzar las copas. Yo tenía dieciocho años, en aquel tiempo no me pareció justo, recuerdo decir eso en el velatorio: “No es justo”. Ahora sé que no va de eso. Entonces vivíamos en la Ciudad Fallera, un barrio a las afueras de Valencia, cerca del Parque de Benicalap. Mi madre limpiaba en varias casas, mi hermana todavía estudiaba —un módulo de laboratorio en un centro de Formación Profesional, entre Ayora y Florista. Le pregunto a mi madre, porque no lo recuerdo: pagábamos unas cinco mil pesetas de alquiler, la acompañé a comprar la vivienda (la que fue siempre nuestra casa), la acompañé también a sacar el dinero antes, en una sucursal de Bancaja, lo llevábamos en un sobre blanco: tres millones de pesetas. No recuerdo buenas sensaciones ante el notario, no eran buena gente (los propietarios), eso sí se me daba bien: intuir cómo es alguien por cómo se mueve, por cómo mira, por cómo respira. Durante años me he avergonzado de cada palabra de este párrafo. Me ha costado muchísimo entender que, en realidad, nunca salimos del barrio.
Vuelvo en coche, paro a tomar un café, tengo sueño, no he dormido bien. Un mensaje. Es la invitación a un cumpleaños (al que no acudiré), parece ser que cumplir cincuenta palos es algo especial. ¿Es porque simboliza la mitad de la vida? ¿En qué universo? La esperanza de vida de los hombres en España es de 81,38 años, o sea: el aniversario importante deberían ser los cuarenta. Ahí empieza de verdad la segunda parte de la fiesta. Pero a mí la fecha que me aterra son los cincuenta y uno, la edad a la que murió mi padre; dentro de dos días faltarán dos años. Leo en el periódico, que estaba sobre la mesa, una columna de Enrique Vila-Matas: “Constaté cómo se había ido convirtiendo mi noche en un viaje hacia las estrellas por el camino áspero (Ad astra per aspera), lema antiguo donde los haya”. Yo no siento eso —no siento para nada eso— pero me divierte el juego: ¿Cuál sería el lema de mi vida? Le pregunto a Laura el suyo, no duda un segundo: “Hoy estoy viva”. Imagino una mujer cubierta con flores, muy Wuthering Heights. Su incandescencia (como la flor del loto) nace del lodo, no tuvo una infancia fácil, ¿ha de ser así? Es el turno de Jordi, pero antes me regala una confesión: “Llevo dos tatuajes. Uno, en el brazo izquierdo, evoca a Bolaño. Otro, en el brazo derecho, a Vila-Matas”. La vida es extrañísima, ¿verdad? Lo rumia, me pide tiempo, me contesta más tarde: “Ring a bell that still can ring”. Yo no tengo nada que pensar, la respuesta siempre estuvo ahí, frente a mí, pese a que tantas veces no supe verla: Sonríe, porque nada importa nada.



Comprendo esa vergüenza. Felicidades por haber escrito por fin el ese párrafo
Me encanta el lema de Laura. El mío también podría ser: "Hoy estoy vivo y por eso doy gracias".