Era un otoño de dos mil diez y yo andaba paseando por un Madrid ajeno al tiempo. La ciudad ardía como siempre, yo me iba apagando un poco cada día sin saber muy bien por qué. Casi nunca sabemos cuando empieza en nuestra vida una etapa ya sin rumbo, casi siempre es tarde cuando un día —sin más— te encuentras en medio de un gran temporal, el mar encrespado como en un lienzo de Courbet, no puedes ya más que sobrevivir, limitarte a capear la tormenta, tu objetivo entonces es tan solo esperar a que arrecie. Tu vida es un viaje sin mapas. Aquellas semanas andaba mucho porque para entender Madrid hay que andarlo. La excusa de aquel viaje era un congreso de diseño que tuvo lugar en el Palacio de Congresos frente al Santiago Bernabéu, la fachada la gobierna un gran mural de azulejería de Joan Miró. Una de las charlas, firmada por un diseñador que venía desde San Diego, terminó con un reto que todavía recuerdo. Tan solo era responder una pregunta: ¿Cuál es tu zanahoria?
Como los burritos que persiguen eternamente una zanahoria que en realidad tienen a pocos centímetros, pero el deseo de llegar hasta ella es la fragua que guía su andar, la razón para seguir. Es fácil mirar la escena desde la condescendencia, pero en realidad todos somos ese burrito persiguiendo quién sabe qué quizás. Aquellos días pasaba bastante tiempo en los bajos del restaurante Arola Gastro en la calle Zurbano. Hablaba mucho con el chaval argentino tras la barra, venía de una de mis terrazas favoritas en Barcelona, la del Hotel Arts. Algún domingo fuimos juntos al rastro, estaba obsesionado buscando cocteleras antiguas, piezas de coleccionista. Su zanahoria era la perfección. Se llamaba Diego Cabrera. Era un salon estrechísimo, mesas bajas redondas, tonos ocres, luces bajas. Casi siempre me quedaba en la barra, entonces llevaba siempre encima una libreta con la cubierta de cuero ajado, me divertía tratar de responder aquella pregunta. Cuál es mi zanahoria.
Hacía listas. Pero estaba tan perdido que navegaba la superficie no más, veía las olas pero no el océano. Una mujer natural, vinilos de Bill Evans, una casa frente al mar. Algo de dinero en el banco, ni mucho ni poco. Una bodega con vinos emocionantes, sábanas de algodón blanquísimo, cientos de cómics perfectamente colocados sobre estanterías de roble. Que alguien importante te eche de menos. Flores frescas, libros viejos, objetos artesanales, cosas hechas a mano. Con el tiempo he entendido que en realidad eran tan solo deseos, olas sobre las que flotar, salitre en la piel. El verdadero anhelo (que nos habita en lo más profundo) es más poderoso que el deseo, que decae como las hojas en otoño. Ese anhelo es tu zanahoria. El de Laura es la luz, el amor y la belleza. Quizá es porque ya dejó atrás sus tormentas. El mío, si tuviese que volver a escribir en aquella libreta, es tan sencillo que asusta. Pero es el mío. Saber querer. Dejarme querer. Un mar en calma.



El que sabe transmitir con su forma de amar, será amado. Saber querer a alguien es saber quererte a ti mismo, y no hay más. Querer sin esperar, el amor que das te enriquece y te nutre. Que gran verdad, perseguimos zanahorias buscando grandes ideales cuando en realidad, como esas zanahorias, en la mayoría de ocasion lo tenemos verdaderamente cerca. Es bonito leerte cada sábado, a mi al menos, me hace reflexionar. Feliz día.
Que maravilla leerte Jesús, como siempre mil gracias. Hoy algunos deseos recientes y pendientes en este año diferente.
Ayer acabe con mi fase de tratamiento con quimioterapia, así que: primera ducha sin manguito (he tenido seis meses un PICC en mi brazo) y un baño como Dios manda en una piscina. -¡Cómo he disfrutado!-. 🥰🥰.
¡ A disfrutar cada segundo!. Un abrazo.