Tu lugar en el mundo
En el asiento contiguo un grupo de hombres hablan sin cautela, vociferan como si nadie más estuviera presente, agitan sus brazos, el olor a náusea llega hasta aquí. Laura les recuerda, amablemente, que estamos en el vagón silencio, callan durante un rato. Tratan de disimular su sonrisa de burla —pero no saben. Laura sufre porque espera (creo que lo espera de corazón) la posibilidad de un cambio, que un día (quizá) no sean como son hoy, que la sensibilidad brote de su tierra yerma. Yo no tengo su fe. Tan solo siento desprecio. De un tiempo a esta parte su lucha (todos tenemos una, ¿cuál es la mía?) es no quedarse callada ante la injusticia, priorizarse: “escuchando y no deslegitimando ni minimizando mi malestar, trato de romper mi tendencia a quedarme paralizada por el miedo (me aumenta el ritmo cardíaco, siento un nudo en el estómago), rompiendo con el estereotipo de niña buena (que sonríe pero no puede quejarse), reclamando mi espacio en el mundo: este vagón también es mío, es el del…

