Todo lo que me falta
De un tiempo a esta parte siento angustia en el trayecto que nos separa desde casa hasta el aeropuerto. Lo comento con Laura, trato de buscar el patrón, tirar del hilo. Es fascinante cómo las palabras encierran firmamentos, caricias —y a veces— distancias. Para mi madre la angustia es un sensación puramente física, apretura en el pecho, se refiere a ella como un mareo que roza la náusea, un malestar antiguo, quizá es su manera de nombrar a la ansiedad, esa sombra sin nombre. Laura se refugia en la definición más ortodoxa, angustia como melancolía, honda tristeza, quebranto del sentir.
“Quizá sean las prisas” —le comento; porque me pasa siempre un ratito antes de cada vuelo, de cada tren, de cada viajar a quién sabe dónde. Durante muchos años viajaba para huir, mi casa era un pantano, la vida estaba fuera. “Nuestras maltratadas maletas se amontonaban sobre la acera de nuevo; nos quedaban largos caminos por recorrer. Pero no importa, el camino es vida”. Esa cita de Kerouac presidía mi cu…

