Silencio
De un tiempo a esta parte busco destinos donde reina el silencio. Es el único requisito imprescindible, que sean viajes en busca de la calma. Bosques en Dolomitas, pueblos perdidos en Highlands, fiordos en Noruega. Si me hubiesen preguntado hace unos años (vamos a decir diez) en torno a los porqués tras ese querer jondo hubiese respondido (creo) que anhelo el silencio porque es lo que habita a mí. Y uno busca lo que tiene dentro. La cabra siempre tira al monte —toda esa cháchara, pero qué va. Ahora sé que es exactamente lo contrario. Busco con desesperación el silencio porque no lo tengo, porque bajo la piel (y los huesos) late un ruido ensordecedor. Nadie lo oye. Pero yo sí.
El camino desde el aeropuerto de Dublín hasta County Clare se hace largo, pesa el cielo gris, pero el bosque que cobija a Dromoland Castle hace que merezca la pena cada kilómetro. La memoria se hace chica ante este otoño que guarece todos los otoños que han sido, que están siendo, que un día serán. Cómo es nuestro…

