Siempre estuvo ahí
El camino desde el aeropuerto de Menara hasta la imponente entrada en terracota roja que recibe a los huéspedes de La Mamounia es un viaje en el tiempo hasta un lugar no andado en la memoria —mentira, sí hay un rastro que se intuye apenas, un hilo finísimo allá al fondo de los cajones casi cerrados de mis recuerdos, un pálpito que se hace casi inapreciable en el ayer. Es la venta donde nació mi madre, en un pueblito del sur, bajo la solana y la umbría de los cerros de Almería. Volvíamos cada verano, recuerdo los minutos antes de llegar tras las casi seis horas de viaje, pegados mis ojos al cristal de aquel Renault 9 blanco, las montañas sin casi vegetación, nada más que matorrales, laderas del color de los días tristes, construcciones sencillas a cada lado de la carretera, ladrillo, cal, esparto, sierra bronca. Pero tras las paredes habitaba la vida, en uno de aquellos viajes mi prima Gados me regaló mi primer cómic, lo leía por las tardes en el patio interior, bajo una higuera, junto…

