El otoño ha llegado este año más tarde. Me enteré un poco por casualidad, se lo escuché decir a Raquel Bada, en un audio que le mandaba a Laura. Se iban a ver pero una de ellas estaba enferma y son, las dos, esa clase de persona: postergan su encuentro por no contagiar a la otra. Yo no soy esa clase de persona. La cuestión es que sí, es verdad, tenía razón Raquel: este año el equinoccio de otoño sucedió la madrugada del miércoles veintitrés de septiembre; según los datos del Observatorio Astronómico Nacional, exactamente a las dos y cinco. Los días se acortan, florece el crisantemo, la piel buscará pronto el cobijo de un jersey.
Siempre he anhelado el otoño, pese a este otoño extraño. Caen las primeras hojas de los castaños, reina el silencio en el bosque, el verano ha de morir —y con él, una parte nuestra— para dar paso al recogimiento. Supongo que es lo que en realidad esconde esta estación: el deseo (la necesidad, más bien) de dejar de mirar fuera para mirar dentro. Está bien abrir las ventanas, buscar fuera quién sabe qué, regalar tu tiempo: ¿pero qué pasa contigo? En la mitología griega, es el momento en el que Perséfone baja hasta el inframundo, raptada por Hades, para no volver hasta la primavera, Perséfone es hija de Deméter, diosa de la tierra fértil, me fascinan los símbolos que la rodean: la granada, la antorcha, la espiga de trigo y el narciso. Sé que tratan de decirme algo, pero no sé el qué. Deméter usa el fuego de varias antorchas para buscar a Perséfone, durante nueve días, llega hasta el extremo de prender dos pinos en el fuego del Etna, para encontrar a su hija en la noche. Imagino que a todos nos sucede algo parecido estos días: el niño que fuimos no está, ha desaparecido, es momento de buscarlo. Ese niño sabe qué es lo importante.
Cae la hojarasca sobre nuestros días, Candela me preguntó hace un tiempo: “Jesús, ¿se lucha todo por amor?” Esto fue lo que le respondí: “No, por Dios. Se lucha mientras tenga sentido, mientras intuyas que queda un rastro de luz. La madurez (emocional) también es saber cuándo dejarlo estar. Difícil”. Recordé la pregunta estos días, la ilustré con un lienzo de George Clausen, una mujer de perfil, es holandesa, pero nadie sabe quién es, representa un enigma. Algo está a punto de suceder. ¿A qué está esperando? Este verano leí muchas columnas, quizá por culpa de la película, en torno a la vuelta de Odiseo a casa, también volví al poema de Cavafis. Un velo se cayó entonces —Ítaca no es un lugar en el mapa, sino una certeza, cuando no cabe un milímetro para la duda: esta es mi casa. La mía es el tiempo que paso con Laura, rodeados de nuestros gatos, o cuando estoy con mi madre en el campo. Lo sé porque sé que es el tiempo que más me dolerá no habitar cuando pase. El amor solo es amor cuando te salva. Es esa cabaña donde recogerte, afuera hace frío, pero aquí te sientes en calma. Te puedes dejar caer, bajo la luz tenue de las antorchas, hay narcisos sobre la mesa. Por esa Ítaca sí se lucha todo, Candela. Por la otra, no.



“El amor solo es amor cuando te salva”. Gracias por estas palabras 🧡
Vellos de punta al leerte...gracias 🍁❤️