Cuando me caigo Laura me recoge, ella es mi roble, el lugar donde puedo derrumbarme, estos días por la noche —en mitad de la madrugada— me despierto asustado, busco su pie con el mío, entonces mi cuerpo se calma, la abrazo, a los tres minutos me expulsa de ese reino —es muy calurosa— me duermo de nuevo, o eso intento. Casi nunca lo consigo. Cuando paseamos, tras comprar cuatro cosas en Consum, nos sentamos sobre la arena, no se escucha nada más que el sonido de alguna gaviota, el mar enfurecido, el cielo está triste —eso no es cierto: el cielo sencillamente está, porque el horizonte no entiende de tristezas. Le digo entonces: esto, este momento, sí es un lujo. Lo subrayo porque habitualmente nos asomamos a vidas que no son la nuestra, lugares impensables, sábanas con miles de hilos de seda trenzada.
“Cuando era niña, para mí el lujo eran los abrigos de pieles, los vestidos de noche y las mansiones a orillas del mar. Más adelante, creí que consistía en llevar una vida de intelectual. Ahora me parece que consiste también en poder vivir una pasión por un hombre o una mujer”, se lo leí a Laura aquella tarde, frente al mar que paseamos cada tarde, es un párrafo de Pura pasión de Annie Ernaux. Sabía lo que me iba a responder, fue justo lo que hizo, para ella el lujo es el primer recuerdo que tiene de su madre: “Cuando era niña, tenía dos años, recuerdo estar en el agua; mi madre me tenía cogida en brazos y yo apoyaba la cabeza sobre su hombro izquierdo. Todo olía a salitre y a ella, recuerdo su pelo mojado, los sonidos de la playa quedaban lejos porque sentía una calma infinita”. Una vez alguien me dijo que cuando uno sueña con el mar en realidad está soñando con su madre, mare.
Yo, cuando era niño, soñaba que volaba, que inventaba cosas, que viajaba hasta la otra cara de la luna, exploraba entonces el universo en busca de un tesoro que nunca encontraba, que todavía no he encontrado, en aquellos sueños siempre estaba solo. Más adelante, en la adolescencia, imaginaba que el lujo era vivir muchas vidas, transitar el mundo como Vila-Matas: “Viajar y perder países, perderlos todos viajando en los trenes iluminados del mundo nocturno, ser extranjero siempre”. Las canciones al amanecer, las portadas de los vinilos de Blue Note Records, sentir el deseo en los ojos de quien te mira, que esa persona enloquezca de amor, un cuello bonito, el escalofrío de una noche de verano, ver el atardecer en la terraza del Fortuny, con un Bellini en la mano.
“Una vez le pregunté a un paciente muy torturado por sus conflictos y preguntas: ¿Qué es lo que anhelas? Que lo que tengo me sea suficiente. Que lo que tengo me alcance”. Esto que dejó caer María Cadenas en una carta. Que lo que tengo me alcance. Si preguntaran hoy qué es para mí el lujo no diría lo de entonces, ni lo de ayer, ni lo que siente Ernaux ni lo que imagina Laura. Seguir andando, tomar cafés, aprender a mirar el cielo. Nada me asusta más que bajar los brazos, olvidar los porqués, habitar la tristeza. Quizá por eso te busco cada noche, amor mío. Quizá sí lo he encontrado. Aquel tesoro.



Es preciosa, Jesús.
A mi el otoño, desde hace diez años, (con el diagnóstico de mi meningioma, la vida me paró, y empezó todo de cero, en unas semanas, llegaré a mi décimo cumpleaños), pues el otoño y el invierno, me suele traer “movidillas”, que me descolocan la salud y la persona tranquila que he construido estos años, se vuelve pequeña y se siente miedosa. Estos días estoy atravesando un catarro fuerte. (No suelo ponerme mala). Y llevo unos días con la sensibilidad de las manos muy alterada. La izquierda llevo dos años con parestesia, y la tengo ya aceptada así, acorchadita, dormida, entumecida… pero he empezado a sentir la derecha. Y tengo miedo de empezar otro proceso de adaptación a otra pérdida física.
No me gusta venir aquí a contar tristezas, pero al leerte, he sentido que este sitio seguro era bueno para compartirlo.
Para mí, el lujo es poder hacer mi vida normal sin ayuda. Poder seguir cogiendo un tren sola, vestirme, ducharme y cocinar. (Pelar patatas cada vez se me hace más complicado)… Y no quiero imaginarme si llega el día, de ponerme delante del papel de acuarela y que la mano, no siga a la cabeza.
Mi naturaleza es positiva, y confío que cuando este virus me abandone, mi médula recupere su estado “normal”, y mi manita derecha pueda volver a acariciar y sentir cosquillas.
Perdón por la chapa del sábado.
El mar a mi, me salva casi siempre, pero hoy lo tengo lejos.
Gracias una vez más, por regalarnos tus palabras tan acertadas.
Hoy, para mí, es un lujo tener a mis padres a mi lado. Y le pido a Dios que les dé muchos años de vida, porque los necesito y los quiero como el primer día.
Y, como ha dicho Laura, yo también recuerdo perfectamente el olor de mi madre, sus abrazos, su piel suave, su belleza… Hay recuerdos que se quedan grabados en la memoria de una manera que el tiempo no consigue borrar.
Y qué regalo es seguir teniéndola, que todavía pueda abrazarme y decirme cada día que me quiere.
A mi padre siempre le ha costado un poco más expresar sus sentimientos. Un día le dije que me gustaría escucharlo. Él me respondió: «Pero si tú ya lo sabes». Y yo le contesté: «Sí, papá, lo sé. Pero me haría muy feliz que me lo dijeras».
Y desde entonces, de vez en cuando, recibo un mensaje suyo que dice: «Te quiero, hija».
Y eso no tiene precio. No lo cambiaría por todo el oro del mundo.
Soy una suertuda. Incluso siento que no me lo merezco. Dios no pudo regalarme unos padres más maravillosos.
Y quiero contar una pequeña anécdota que, para mí, explica perfectamente hasta dónde llega el amor de un padre.
El otro día nos invitaron a comer a la playa por el santo de mi padre. Comimos de maravilla —sobre todo mi marido, que es un disfrutón— y pasamos un día estupendo.
Cuando llegué a casa, me llamó mi madre para saber si habíamos llegado bien. Y, en mitad de la conversación, me dijo algo que se me quedó en el corazón:
«Tu padre dice que hoy ha visto cómo has disfrutado de la comida, que hacía tiempo que no te veía comer tan a gusto».
Y pensé: ¿todavía se fija en eso?
¿Todavía está pendiente de si como bien, de si disfruto, de si estoy feliz?
Y sí. Porque para un padre, quizá nunca dejamos de ser aquella niña de la que hay que estar pendiente.
Ese detalle tan pequeño me pareció una de las formas más grandes de amor.
Benditos padres. Ojalá fueran eternos.
Feliz semana a todos. ❤️