Discusión sobre este post

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Avatar de Marta Pantone

Es preciosa, Jesús.

A mi el otoño, desde hace diez años, (con el diagnóstico de mi meningioma, la vida me paró, y empezó todo de cero, en unas semanas, llegaré a mi décimo cumpleaños), pues el otoño y el invierno, me suele traer “movidillas”, que me descolocan la salud y la persona tranquila que he construido estos años, se vuelve pequeña y se siente miedosa. Estos días estoy atravesando un catarro fuerte. (No suelo ponerme mala). Y llevo unos días con la sensibilidad de las manos muy alterada. La izquierda llevo dos años con parestesia, y la tengo ya aceptada así, acorchadita, dormida, entumecida… pero he empezado a sentir la derecha. Y tengo miedo de empezar otro proceso de adaptación a otra pérdida física.

No me gusta venir aquí a contar tristezas, pero al leerte, he sentido que este sitio seguro era bueno para compartirlo.

Para mí, el lujo es poder hacer mi vida normal sin ayuda. Poder seguir cogiendo un tren sola, vestirme, ducharme y cocinar. (Pelar patatas cada vez se me hace más complicado)… Y no quiero imaginarme si llega el día, de ponerme delante del papel de acuarela y que la mano, no siga a la cabeza.

Mi naturaleza es positiva, y confío que cuando este virus me abandone, mi médula recupere su estado “normal”, y mi manita derecha pueda volver a acariciar y sentir cosquillas.

Perdón por la chapa del sábado.

El mar a mi, me salva casi siempre, pero hoy lo tengo lejos.

Gracias una vez más, por regalarnos tus palabras tan acertadas.

Avatar de Silvia Roldán

Hoy, para mí, es un lujo tener a mis padres a mi lado. Y le pido a Dios que les dé muchos años de vida, porque los necesito y los quiero como el primer día.

Y, como ha dicho Laura, yo también recuerdo perfectamente el olor de mi madre, sus abrazos, su piel suave, su belleza… Hay recuerdos que se quedan grabados en la memoria de una manera que el tiempo no consigue borrar.

Y qué regalo es seguir teniéndola, que todavía pueda abrazarme y decirme cada día que me quiere.

A mi padre siempre le ha costado un poco más expresar sus sentimientos. Un día le dije que me gustaría escucharlo. Él me respondió: «Pero si tú ya lo sabes». Y yo le contesté: «Sí, papá, lo sé. Pero me haría muy feliz que me lo dijeras».

Y desde entonces, de vez en cuando, recibo un mensaje suyo que dice: «Te quiero, hija».

Y eso no tiene precio. No lo cambiaría por todo el oro del mundo.

Soy una suertuda. Incluso siento que no me lo merezco. Dios no pudo regalarme unos padres más maravillosos.

Y quiero contar una pequeña anécdota que, para mí, explica perfectamente hasta dónde llega el amor de un padre.

El otro día nos invitaron a comer a la playa por el santo de mi padre. Comimos de maravilla —sobre todo mi marido, que es un disfrutón— y pasamos un día estupendo.

Cuando llegué a casa, me llamó mi madre para saber si habíamos llegado bien. Y, en mitad de la conversación, me dijo algo que se me quedó en el corazón:

«Tu padre dice que hoy ha visto cómo has disfrutado de la comida, que hacía tiempo que no te veía comer tan a gusto».

Y pensé: ¿todavía se fija en eso?

¿Todavía está pendiente de si como bien, de si disfruto, de si estoy feliz?

Y sí. Porque para un padre, quizá nunca dejamos de ser aquella niña de la que hay que estar pendiente.

Ese detalle tan pequeño me pareció una de las formas más grandes de amor.

Benditos padres. Ojalá fueran eternos.

Feliz semana a todos. ❤️

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