Saldar la deuda
Han vuelto los viajes al ritmo acompasado de la vida. No entiendo una cosa sin la otra. Arranco este texto en el tren que nos traslada desde el aeropuerto de Zúrich hasta Neuchâtel, ciudad universitaria, nos espera una casa tranquila frente al lago, bajo los cerros (todavía nevados) del Jura. Dejamos Lucerna a nuestra izquierda, Laura ilustra —ellos no lo saben, pero nuestros compañeros de vagón, absortos en sus quehaceres, serán sus modelos a lo largo de estas dos horas. A veces le digo: ¿Por qué no les regalas sus retratos? Nunca lo ha hecho. “Me da vergüenza”. Es una pena —le contesto siempre, cada una de esas personas lo consideraría (estoy seguro) un regalo. Sus libretas son trocitos de vidas ajenas. Nunca imaginamos lo importantes que somos en las vidas de los demás, las surcos que dejamos, las alegrías que quizá radiamos pero también lo otro (el daño). Crecí negando esta certeza: cada cosa que hacemos afecta a quienes nos rodean. Es verdad, tiene razón Donne, ningún hombre es u…

