Cumplir años puede ser la mejor o la peor cosa del mundo y eso ya depende de en qué momento exacto te pille de la línea de la vida —que no es un línea recta sino más bien un círculo, de esto no tengo ninguna duda. Me explico. Lo del círculo es un gesto que hacemos mucho en casa cuando brindamos (como esta semana, que he cumplido cuarenta y cinco palos) y la consciencia de lo vivido llena de lumbre buena la estancia. De nada sirve ser feliz si no eres consciente de que lo eres, porque la dicha sin consciencia tan solo es espuma en la superficie y yo quiero bucear hasta lo más hondo.
Cuando eso pasa —la certeza de la dicha presente— Laura hace un pequeño gesto con su dedo índice, un círculo perfecto en el aire que viene a decir: ahora estamos aquí (aquí señala el punto más alto de la circunferencia) pero mañana podemos estar aquí (ya imagináis dónde) y en ese segundo aquí caben tantas posibilidades que casi hasta paraliza ese abismo: la enfermedad, el miedo, la inevitable decadencia de los que más quieres, la ansiedad y su hermana sombría: la depresión. El olvido, la traición o el desencanto, que tantas veces se deja caer sobre los días como caen las hojas secas. La consciencia es la llave para entender dónde (y cómo) estás y para no rendirse a ese estar sin estar cargado de niebla, tristeza y estaño que tan bien dibujó Borges en el durísimo poema El Remordimiento, incluído en su libro La moneda de hierro en 1976.
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz.
No es habitual tanta pena en el porteño pero es que su mamá, Leonor, murió tan solo cuatro días antes de escribir esa pieza; cómo duele cuando te sabes fallido, ¿verdad? Desayuno temprano, muelo el café, me detengo en su aroma, leo piezas editoriales atrasadas, observo a los gatos; escucho canciones bonitas a lo largo de mi primer trayecto en coche, el sol pinta de un ocre bellísimo este amanecer todavía yermo, los primeros destellos de luz asoman su ternura en esa línea atávica que separa el océano del cielo. Pienso en mi madre, en si la estaré fallando; e intuyo el remordimiento que un día será. Me engendraste para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Para ser generoso, dulce, humilde y alegre. Para abrigar a mi mujer, construir sobre la verdad, para no esconderme ante el mundo. Hay que vivir, mamá. Hay que vivir.



Es curioso cómo algunas personas se sumergen en la vida a pecho descubierto sin dedicarle más de medio pensamiento a la acción, mientras otras tienen que hacer el ejercicio de no sentirse abrumadas por estar en el mundo. El dolor, en el caso del físico, es un mecanismo necesario para la supervivencia, el que utiliza el cuerpo para avisarnos de una agresión de la que hay que alejarse. Todos nos apartaríamos instintivamente, visceralmente, de las fauces que desgarran o del fuego que abrasa, y sin embargo a veces convertimos los dolores no físicos y sus causas en amigos que nos acompañan durante mucho tiempo.
Pongamos límites al dolor que nos causa el mundo y vivamos, que ya es mediodía.
Y... ¡felicidades!
Felicidad es leer bonito un sábado por la mañana. Gracias, feliz cumpleaños!
A venirse arriba y vivir abajo!!