Regalos
Me gusta sentarme junto a la ventana del avión cuando vuelo. Ya casi nunca lo hacemos, elegir los asientos, me temo que volar cada día es más un trámite —me entristece porque soy de los que piensa que el viaje comienza con el deseo. Del amor pienso lo mismo. Desde ahí veo el mundo hacerse chico, buscamos nuestra morada en la letanía, qué estarán haciendo los gatos. Observo cómo una familia, al otro lado del pasillo, también anda señalando quién sabe qué. En realidad todos somos niños en busca del tesoro, el mío es el tiempo. Amanece durante el viaje, mirar el mundo nacer (también) es un regalo, pero lo damos por hecho. La vida, tantas veces, se disfraza de trámite —hay que luchar infatigablemente contra eso porque vivir así es perder la partida. El sol, ajeno a nuestras cosas, abrasa sin violencia a las nubes sobre los Alpes con su rojo incandescente. El alba es presencia. Vuelvo a un poema de José Hierro, “Llegué por el dolor a la alegría / supe por el dolor que el alma existe / por …

