Que nada cambie
Alberto y yo tenemos una tradición bonita que es volver a Alcossebre cada año —con una perseverancia y ganas de rutina milimétrica que casi raya el trastorno obsesivo compulsivo de quien salta de baldosa en baldosa por no pisar las líneas, como Jack Nicholson en Mejor, imposible… Queremos repetir el mismo restorán, la misma cala, el mismo supermercado, la misma casita de madera, el mismo playlist y las mismas mandangas en un imposible metafísico que es que nada cambie.
La cuestión es que los dos sabemos (ambos escribimos sobre qué significa eso de vivir) que esto que pretendemos sencillamente no puede ser, pero digo yo que lo que intentamos es tensar la cuerda de lo posible, vacilarle al devenir de los cojones, no soltarnos nunca de aquella conga de Jeppino: “Las congas son bellas porque no van a ninguna parte”. Una de las conclusiones de este cónclave sin oyentes es que hace tiempo que decidimos (mira, como Jep) que ya no tenemos tiempo que dedicar a cosas por las que no merece la pen…

