Perderla
Me digo a mí mismo, cuando pienso en esto, que cada persona es un planeta y que las razones para vivir se cobijan en uno mismo y en nadie más —pero si la pierdo, me muero.
Esta carta, aunque lo parezca, no va sobre ella porque este desasosiego es mío y aquí medra, en mi puerto se encalla y lo llena de todo de olor a tierra mojada, estoy vivo porque duele. Me escribe una lectora esta semana, “el amor con el que hablas siempre de Laura me conmueve mucho, sé que no soy la única. La ternura y firmeza con la que escribís llega hasta aquí y se queda conmigo”. Es bonito, pero déjame hablar mejor del miedo que lo habita, ¿puede ser el uno sin el otro?
Mi terapeuta (que ahora vive en Mallorca, ando huérfano de ese tiempo lento para mí) aplaudiría este gesto, mis lectores me dicen que qué bien —mi género desarmado, qué suerte cómo la miras pero este miedo no entiende de medidas. Sé que amigos detestarán esta carta (“con lo que tú fuiste, Terrés”) y que nuevos lectores aplaudirán el harakiri emoci…

