Lo que te atraviesa
Desde que “estoy bien” cada comienzo de año estoy peor. Me explico. Desde que me dejo atravesar por las cosas que me pasan el dolor brota ya sin diques, la apatía se hace ancha, como un cante jondo —hondísimo— donde la tristeza encuentra (también) su espacio, ¿qué hacía con la tristeza cuando no la permitía ser? Probablemente morirme un poco, cada día, por dentro. Secarme lento, vivir a medias, cerrar las ventanas porque el sol quemaba. Ha sido, sigue siendo, la lección más dura, la verdad tras la piedra yerma, la única receta que conozco frente al abandono: consertirte sentir lo que sientes. “Ser atravesado por lo que te atraviesa”.
Me cuesta cada paso, no quiero salir de casa, el cuerpo me pide ausencia, invernar como un oso en las montañas, escuchar el ronroneo de los gatos, algún vino viejo, la ternura de su abrazo. Se lo cuento a Laura un sábado a media tarde, tras volver de unos días en Estocolmo, me ha sentado bien el frío, la leña encendida (qué bonita palabra, crepitar) las ve…

