Lo que he aprendido
Las primeras semanas del verano fueron extrañas, cobijo de ansiedades, seguía de lleno en la tolvanera de las presentaciones en torno a Buscaba la belleza, es bonito vivir otras vidas pero dónde está la mía. Es natural (me digo a mí mismo) querer ser otro pero quién soy yo. La ausencia aquí dentro se hacía ancha, el camino de vuelta se desdibujaba, es culpa del futuro que borra las huellas. Mentira, la culpa es mía. Llegué tarde a la pregunta —qué es lo importante. Unos días después, al fin, llega la pausa inevitable de este agosto incandescente. La calma esperada entre camíns de Cavalls, leer bajo los pinos en el Jardí dels Ullastres, la sencillez sobre la mesa. Llegué tarde a la vida porque el arte es enemigo de la urgencia y yo tenía prisa por ser feliz. No me permití habitar la tristeza. Eso lo he grabado en piedra estos días: a la tristeza hay que dejarle paso, observarla florecer, que medre lenta sobre tu sentir. Negarla es negarte. Me escribe Ricardo Izquierdo, admiro su manera…

