Lo que cae al mar
Los primeros días del año fueron tierra fértil porque se paró el mundo. Nada más que cotidianidad, tiempo en casa, tiempo elegido. Solo entonces puedes observar, con cierta claridad, el camino recorrido. Las luces (altísimas) pero también la sombras, tropiezos, personas, naves a la deriva, amor sin cautela. No me despego, lo intento pero es un sentir viscoso, de cierta sensación de derrota tras tantos meses bajo la niebla. Aprovecho ese regalo (ese tiempo detenido en el tiempo) para leer, escuchar, parar las máquinas. Me piden que me sume a un relato, “what I learned this year”, me cuesta hacerlo. Lo dejo estar.
Comemos con Maite el día cuatro en un restaurante cerca de casa, en mitad de campos, las lindes duermen, ellos también andan sumidos en el invierno. Tampoco ha sido, para ella, un año fácil. Apunto, antes de volver a casa, un consejo de su padre, parece un mantra dócil pero la verdad casi nunca es obvia: “Haz que te guste lo que te conviene”. Quizá puedo tirar de ese hilo para …

