Hay una manera de predecir el futuro
Pequeñas cosas que dan placer: ordenar los libros, la presión del agua en la ducha, unos zapatos cómodos, la voz de cama a medio hacer de Nacho Vegas, volver a una película donde fuiste feliz, cuando observas que ya ha florecido el almendro y no puedes hacer otra cosa más que acercarte para fotografiar el milagro: a mí me sucedió el otro día frente a Retiro, en el Huerto del Francés, a la vera del Ángel Caído. Madrid me mata pero también nos regala esos momentos de gracia: tu veneno será tu cura. Tras el paseo tomamos un café con Rocío, está comenzado una vida nueva tras un divorcio que se está complicando más de lo que imaginaba. Ya he visto esto tantas veces que es imposible no preguntarse: ¿Cómo no pudimos ver cómo era en realidad esa persona?
La cafetería da justo a O’Donnell, nos sentamos en una mesa junto a la ventana, desde la que puedo observar la Casa Árabe y el minué de transeúntes, el cielo estalla en su azul acacia, desnudo y tan frágil, la vida fluye incesable y uniforme. Hablamos los tres, sobre la mesa el libro de Juan Tallón Mil cosas, escucho su conversación —que trataré de reproducir con Laura en Un ratito en casa— en torno a alguno de los avisos (red flags) que Rocío ya intuye con su nueva pareja: a veces la agobia, a él no le termina de gustar que ella haga cosas sola, se apunta todo, “¿Con quién has estado esta mañana?”; son pequeñas señales, apenas imperceptibles porque van envueltas en satén, “me trata como a una Reina”, él la recoge siempre: “Quiero saber todo de ti porque eres el centro de mi nuevo mundo?”. Es imposible no preguntarse, ¿y tu mundo de antes? Laura subraya esas alertas, ya las vivió en algún momento de su pasado. Rocío se sincera.
—Claro que las veo. No me gustan, pero me ha prometido que va a cambiar, así que tengo muchas dudas, porque me gusta cómo me hace sentir, pero no tanto cuando veo esas cosas.
—¿Cómo imaginas el futuro con él?
—Pues esa es la cuestión, que me cuesta mucho imaginarlo; mataría por tener una bola de cristal, como los specularii, para predecir el mañana.
—Ya la tienes —añade Laura—. Ya tienes esa bola de cristal: se llama presente. La predicción de cómo va a ser una persona es cómo es esa persona. Rocío, la pregunta que tienes que hacerte, en realidad es: “¿Te acepto así, sí o no?” Porque lo que es, es lo que será.
El futuro es el presente. Interrumpo la conversación para leerles un párrafo del libro: “Los empeños deberían admitir solo un número prudente de intentos, después de los cuales deberíamos disfrutar del delicadísimo placer de rendirse. Hay que saber abandonar, dejarlo para otra ocasión, incluso para otra persona”. Desde fuera todo es fácil, pero la vida es otra cosa. El café termina en calma, caminamos por el Paseo de Fernán Núñez, pienso en las cosas que no me gustan de mí —y que siempre imagino reparadas en el mañana. ¿Por qué no hoy? Hay quien vive instalado en la nostalgia, que piensa que todo lo mejor ya sucedió, para qué esforzarse entonces. También hay quien (como yo) vive pendiente del porvenir, ponemos entonces las fichas en lo que vendrá. El camino hacia ti mismo consiste en habitar el presente, porque aquí se arrullan todas las repuestas. El ahora cobija lo que será, por eso no existe un anhelo más luminoso: que lo que tengo me sea suficiente.



Muy fan de Laura....
Hoy viví un momento … ¿mágico? Acababa de hacer mi clase de yoga y sentada aún en el bloque me puse a leerte. Al poquito de empezar me puse en una postura que me daba calma y confort. Y se produjo la magia cuando llegué al final y vi el cuadro que hoy utilizaste para acompañar tu siempre sensible texto. Ella y yo teníamos la misma postura… ✨✨✨