Fracaso
“Hablo con la autoridad que da el fracaso”, F. Scott Fitzgerald
Yo trataba de explicar a mi terapeuta una cierta sensación (el tema es lo de menos) de fracaso antes del fracaso. Era este yo que ya no se quiere callar nada, sentadito tranquilo en la silla de Ikea de su clínica más bien de nadie, frente a sus buenas intenciones: “Tengo la certeza de que fracasaré en esto, y me duele, y esta certeza me hace sentir incapaz, cansado y frágil. Pero aun así, voy a intentarlo. Porque no quiero resignarme. Pero si tengo que apostar, lo tengo clarísimo: no voy a poder”.
Ella rumió las palabras, me dijo que ese sentir sí tenía un nombre (siempre le pregunto si existe un nombre para cada conflicto, supongo que es mi primer gesto para entenderlos: nombrarlos) y ese nombre es indefensión aprendida: has fallado tantas veces en un propósito que hasta la última célula de tu cuerpo te grita bajito el resultado antes del partido: va a salir mal. “Ausencia de control sobre el resultado de una situación”, e…

