Cuando me preguntan por mi amor por Laura nunca sé muy bien qué responder. Me sucede de tanto en tanto en firmas, en los encuentros, cuando hablo con alguien que me lee: “Es muy bonito cómo la miras”. Nunca sé qué contestar, suelo cobijarme en el humor, a veces ni eso: “Bueno, es lo que siento”. Y a mí me gusta contar lo que siento. En cuanto a las fotografías, ella tan solo está ahí, tan solo tengo la suerte de estar presente. Las titulo así —Laura— porque así es como se llama la mujer con la que comparto el camino: Laura. Al principio me lo afeaban: pero a ver Terrés, que eres escritor, escribes libros, estírate un poco. Hasta que un día María Pajos nos dijo esto, un veintidós de marzo de dos mil diecinueve.
Ayer estaba caracoleando por Instagram. Debían ser las dos de la mañana. Me dolía mucho el codo y no podía dormir. No sé cómo acabé en el perfil de alguien que ni conozco ni recuerdo tan siquiera su nombre. Come mucho fuera, en sitios de mucho plato y poca comida. En esos donde tienes que tener la carta al lado para saber qué te vas a meter en la boca. Me llamó la atención que cada X fotos de comida aparecía una chica. 30 años. Rubia. Laura. Me gustó su corte de pelo, así que abrí otra foto donde aparecía y el pie de foto era el mismo: Laura. Pensé: “Joder, qué poco se lo curra”. Me equivoqué, como casi siempre. Seguí abriendo fotos donde salía ella. Y siempre era el mismo “Laura”. Allí me di cuenta de que no ponía nada más porque para ellos, sobre todo para él, con eso lo decía todo. Ella es Laura y todo lo demás que pueda escribir es atrezzo, distracción. Todos los focos a ella. Laura, lo más importante de la foto. Lo único. La Torre Eiffel le acompaña, pero él a quien ama y quien le importa solo es “Laura”. Las cataratas de Iguazu solo son agua, pero ella... ella es Laura. Poner solo su nombre en las decenas de fotos que tenía de ella me pareció la declaración de amor más bonita que he visto en mucho tiempo. Ojalá te sigan queriendo así de bonito siempre, “Laura”.

