El viento del este
Desde hace no tanto organizamos, cada año, un viaje sin más propósito que el tiempo compartido mi madre, mi hermana y yo. Sin hijos, sin parejas, sin quehaceres. Tan solo pasear, estar juntos, rescatar memorias, juntas piezas del puzzle que es siempre una vida. La mía lo es. No hay fecha exacta, la última vez fue un otoño alumbrado por el sol, la tarde adentro. Casi siempre buscamos destinos dóciles, ayer le leí a Vargas Llosa —en una charla con Manu Jabois— que “Yo he sufrido mucho con el estilo. Y, además, siempre que me sentaba a escribir, me decía: tienes que suprimir los adjetivos. Eso es lo importante: que no haya adjetivos”. Y sin embargo así los siento. Dóciles.
En Navidad hablamos los tres, frente a la chimenea de hierro azabache, de la aventura por venir. En el fondo nuestro anhelo también es que mi mamá descubra el mundo, robarle tiempo al tiempo. Laura me desliza un consejo en la distancia, “llevadla a ver jardines”. Es verdad, le chiflan las flores, caminar entre buganvill…

