El regalo
Antes me sucedía constantemente, quedarme atascado en el páramo, bajo la sombra de una tormenta, en algún lugar entre la tristeza, la rabia y el dolor. Casi siempre tras un conflicto con alguien (qué injusto esto) importante: discutimos, me duele, lo que para ella (esto lo averiguaré después) era una cosa natural (tenías razón: forma parte de la vida) para mí es una guerra insoportable, siento el tajo en lo más hondo, la alegría se desploma, tras la contienda siempre el mismo protocolo: replegar a todos mis ejércitos, es momento de lamerse las heridas, comienza entonces el infierno: el frío, la distancia, sientes que te falta el aire, que la noche es el día, para quien está a tu lado (y te quiere) debe ser insoportable porque sencillamente ya no estás ahí, estás en otro lugar, bajo una tormenta de pesar, paralizado, muerto en vida, estás en la nada de La Historia Interminable, allí donde no llega el calor. Pero yo no podía hacer otra cosa. No sabía dejarlo estar. Me lo llevaba conmigo.
Han pasado muchas vidas, ahora (creo) intuyo el vendaval, reconozco su textura, percibo cómo el aire se vuelve pesado. No viene al caso, pero de un tiempo a esta parte una persona que quiero vive pegado a la bronca, es un animal enjaulado, hace daño a quienes le pensamos —sé que no puede elegir—, es complicado. Es difícil no entrar en su juego (hay brusquedad, hay tensión, intuyo que tras su coraza se cobija un dolor insoportable) así que prácticamente nunca lo hago (contestarle), así que trato de dejarlo estar, pero no siempre es fácil. El otro día sucedió algo curioso, pasé una noche en su casa (que también es la mía), me acosté pronto, leí un rato, un librito de sutras que hace un tiempo dejé en una de las estanterías, la historia se titula El Regalo y dice así: Un día, mientras Buda caminaba por la ciudad amurallada de Rajgir (acompañado de su fiel discípulo Ānanda) se le acercó un hombre encabronado, vociferando, lleno de ira, de su boca salía un insulto tras otro: “¡Eres un farsante, un impostor, un mentiroso!”. Siddhartha permaneció calmado, en paz, arrullado en la calma que siempre habitaba. Eso enfureció todavía más al otro: le escupe entonces con violencia, eleva el tono del desprecio, pero ante el silencio decide volverse por donde llegó, envuelto en cólera. Buda y Ānanda siguen caminando, el primero no le dedica más tiempo al encuentro. Ānanda no puede dejar de pensar en lo que ha sucedido. Al rato le pregunta: “Maestro, ¿por qué no has respondido? ¿No te ha ofendido?”
Siddhartha sonríe con ternura, coge la mano de su amigo: “Imagina que alguien te hace un regalo, y tú decides no aceptarlo, ¿de quién es el regalo?”



Woou! Tu carta (esta carta), sí que es un regalo en sí misma. Pero de esos que sí quieres aceptar. Brillante. De las que te hacen pensar y dejan huella (y una sabia sonrisa). GRACIAS Jesús
Atreverse a que la incomodidad nos atraviese es la más honrada de las decisiones. Como siempre, es un placer leerte y ver en sentires ajenos vivencias tan propias.