El hombre que debería ser
Siempre que tengo sesión de terapia Laura me pregunta antes: “¿Llevas algo preparado?” Sonrío. Pues claro que no, amor mío. Supongo que el hombre que debería ser se curra antes las sesiones, organiza los temas con tiempo, las aprovecha que es una práctica que siempre he sentido muy lejana: ¿Qué es aprovechar las cosas? ¿Cómo aprovecha uno la mañana? ¿Haciendo cosas o abrazando la pereza?
El hombre que debería ser desayuna un bowl con kéfir, un puñado de arándanos y a lo mejor un plátano. Es corresponsable, no baja nunca a dar un paseo sin protector solar (también en invierno), llama a sus amigos el día de su cumpleaños, recicla concienzudamente porque There is no planet B, no vive pendiente del pasado —ni del futuro —cuida su cuerpo porque, como escribió Will: “Nuestros cuerpos son nuestros jardines; nuestras decisiones, nuestros jardineros”. Pero yo no soy ese hombre.
En la sesión (a la que llegué sin guión, como he llegado a casi todas las islas en mi vida) Max me habla de los cinco obstáculos del Satipatthana Sutta (el Discurso de los fundamentos de la atención que dio el propio Siddhartha Gautama en Kammasadhamma, una región al norte de Delhi) que vienen a ser los frenos que nos ponemos nosotros mismos, las razones para no alcanzar la plenitud. Me dice que debo elegir uno, a lo sumo dos: son el apetito del cuerpo, la ira, la pereza, la melancolía (que camina junto a la ansiedad) y la duda. Me temo que la tristeza y su hermana un poquito tóxica (la ansiedad) son mis compañeras en este viaje.
El hombre que debería ser es alegre: porque creo de corazón que la alegría es la llave de casi todas las puertas. Es risueño como mi madre y como la hermana de mi madre, María. Hablaban todos los días del año. Es lo primero que hacían al alba: llamarse. No podían estar dos minutos seguidos sin estallar en risas, crearon un lenguaje nuevo (el de ellas) incomprensible para el extraño (a lo mejor yo pillaba alguna palabra de tanto en tanto) pero ellas se entendían. Reían tan fuerte que al final lloraban más que otra cosa, María tenía muchísimas arrugas, mi mamá también las tiene. Y qué. El hombre que debería ser camina lento por la vida, sabe que cerca es lejos, mira las cosas como Pasolini en El olor de la India: “Me gustaba caminar solo, callado, aprendiendo a conocer paso a paso ese nuevo mundo”.
Quizá no soy ese hombre, amor mío. Pero todavía creo en la verdad —es bello porque es verdadero—, creo de corazón que lo mejor de la vida está reservado para quienes saben celebrar y en esta frase que me dijeron el otro día, un martes gris, mientras fuera diluviaba: El deseo de florecer hace primavera.
Ayer viernes seis de marzo fue el aniversario del nacimiento de Pier Paolo Pasolini, lo asesinaron en Roma, tras cenar en el restaurante Il Biondo Tevere, no os perdáis El evangelio según San Mateo o La insomne felicidad, su antología poética.



"Lo mejor de la vida está reservado para quien sabe celebrar" Qué buena forma de empezar el día!
Me quedo con dos cosas: seamos alegres aunque no seamos felices, y abrazar la pereza del sábado también es aprovecharlo, gracias siempre ❤️🩹