Dios lo ve
A Javier Cañada lo quiero más que lo admiro y a pocas personas admiro más. Cañada practica y enseña el diseño desde el Instituto Tramontana y cerraba así el primer mail que he encontrado con su nombre en el remite, en algún momento de dos mil once: “Dime si considerarías escucharme un rato. Me acerco a donde estés. Gracias por tu tiempo”. En la concisión no ha cambiado.
Son tantas las cosas que (nos) han pasado, tantas las vidas que hemos vivido en esta década que harían falta trescientos capítulos; una encíclica construida con retales de mi vida, intuyo que de la suya también pero esta mi carta, Cañada. Un fotograma: poco después de una ruptura dolorosísima (¿cuando vamos a entender que una ruptura también es un duelo?) se presentó en mi casa en su coche, ninguna pregunta, una caja con un reloj y una semana por delante, entonces no éramos tan amigos pero aquellos silencios tejieron la red que me sostuvo. Tú siempre dices que la nuestra es una amistad de madurez, y por lo tanto elegida…

