Tres momentos para trenzar una vida. Algo que nace, algo que se rompe, algo que vuelve a nacer, como brota el narciso blanco en otoño. En abril del año pasado, una mañana cualquiera, descubrí que —en el universo astrológico— existen los nodos: son los puntos del cielo en los que se cruzan el camino de la luna y el del sol. Tienes dos y son opuestos. El sur, de donde vienes, y el norte, hacia donde vas: la persona que estás destinado a ser. Son como los dos extremos de una flecha. Dibujan la travesía que deberás recorrer a lo largo de tu vida: desde lo que no quieres ver hasta lo que te salvará de ti mismo.
Escribí una carta, lo hice mío, me pareció interesantísimo, pero cometí un error: pinté aquel lienzo con lo que yo necesitaba sentir. Eso lo hago mucho: no escuchar lo que me quieres decir, sino lo que yo quiero oír. Olvidé aquel propósito, me bajé del plan como me bajo de (casi) todos los planes. Mi nodo norte —yo pensaba— era olvidarme del yo, escuchar, regar las plantas. Pasaron los meses, me fui alejando de aquel destino, como cuando caminas hacia una montaña y cada vez la ves más lejos —y piensas: “Mira, paso, en otra ocasión”. Llegaron también la ansiedad, el colapso, las pequeñas grietas (que apenas dejaban pasar un haz de luz) se resquebrajaron.
Ayer. Leo a Aixa de la Cruz, me gusta mucho cómo piensa, cómo escribe. Recomendé muchísimo su Cambiar de idea, también le va el tema: “Los nodos lunares, para quienes no estén familiarizados con ellos, funcionan en astrología como un eje de desarrollo: hablan de algo que traemos con nosotros, un lugar conocido al que tendemos a regresar (el nodo sur), y de otro punto hacia el que, de alguna manera, la vida nos obliga a desplazarnos (el nodo norte)”. Me atraviesa una palabra: la vida nos obliga. Vuelvo a los malditos nodos. Al esoterismo, a los saberes herméticos. Hablo con mi hermana, le van estas cosas, pido en el Ministerio de Justicia mi partida de nacimiento, necesito saber la hora exacta, vamos a afinar la carta astral, a ver si es que se me escapó algo. Cómo voy a llegar si no sé hacia dónde me dirijo.
Nací en invierno, con el sol en Acuario, mi signo está regido por Saturno: el planeta del frío. Desde Ptolomeo se le describe como el más “frío y seco”. Mi nodo sur cae en la casa 11, la distancia, la idea antes que el abrazo, por eso me siento cómodo en lo abstracto. Soy frío como fría es mi mamá, me cuesta expresar lo que siento. Mi nodo norte cae en la casa 5, el espacio natural de Leo. Leo es el único signo regido por el Sol, el planeta caliente. Es hacia donde debo ir, ese es mi destino: la casa del calor. Literalmente del invierno al verano.
Pensé —hasta ayer mismo— que no tenía la energía, ni el foco, ni la voluntad para hacer ese viaje. Pensé: he fracasado, me quedo en el nodo sur. Pero parece ser que no funciona exactamente así. Terminarás llegando a tu nodo norte, la vida nos obliga, bajarse del plan no fue un abandono: fue parte del plan. Lo que sucede, conviene. No puedes no hacer tu viaje, de hecho: lo estás haciendo. Estos días, cuando estoy bajito, busco su piel con mi piel. La abrazo en mitad de la noche. A lo mejor es eso; y nada más.



Buenos días.
Levantarte, leerte y leer ese final de la carta. Ese final. Buf. La vida
He leído tu carta sobre los nodos y me he quedado pensando en los míos. En ese sur del que venimos y ese norte hacia el que caminamos, como si la vida fuera una brújula que, tarde o temprano, termina señalándonos el lugar al que pertenecemos.
Los míos tienen nombre de cielo y de tierra. Mi nodo sur está en Cáncer; mi nodo norte, en Capricornio. El primero habla de las raíces, del refugio, de ese lugar al que volvemos cuando el mundo se hace demasiado grande. El segundo habla de construir, de sostenerse, de aprender a caminar con los pies firmes incluso cuando el corazón tiembla.
Quizá mi viaje consista en aprender que amar no es salvar a todo el mundo, que cuidar no significa olvidarse de una misma y que también hay una forma de amor en dejar de sostener aquello que no nos corresponde. Quizá se trate de echar raíces sin dejar de crecer, de construir una casa dentro de mí, de aprender a habitarme.
Pero hay algo que no te he contado.
Yo sí sé dónde está mi norte.
No necesito pedir mi partida de nacimiento, afinar la hora exacta ni levantar una carta astral para averiguarlo. Hay caminos que no aparecen dibujados en el cielo, porque se llevan escritos en el alma. Y hay destinos que no necesitan que los nombren los planetas.
Mi nodo norte tiene un nombre: Jesús.
Mi camino no consiste únicamente en convertirme en alguien más fuerte, más sabia o más capaz de sostenerse en medio de la tormenta. Mi camino es aprender a amar como Él, a mirar como Él, a vivir con la certeza de que esta vida, con sus grietas, sus despedidas y sus pequeñas luces, no es todo lo que existe.
A veces me pierdo. Me distraigo con el ruido del mundo, me asusto, me canso de caminar. Hay días en los que no entiendo nada y otros en los que me gustaría que alguien me explicara por qué duelen tanto algunas cosas. Pero entonces recuerdo que la fe no consiste en conocer todos los caminos, sino en saber en quién has puesto tu confianza.
Y vuelvo.
Vuelvo a Él como vuelve el mar a la orilla, como vuelve la luz después de una noche larga, como vuelve el hijo a casa cuando comprende que nunca dejó de ser esperado.
Porque yo también creo que la vida nos obliga a caminar, aunque no siempre entendamos hacia dónde. Pero hay algo que para mí está por encima de cualquier mapa, de cualquier signo y de cualquier destino escrito entre las estrellas: la promesa de la eternidad.
Mi norte no es una casa, ni un lugar en el mundo, ni siquiera una versión mejorada de mí misma.
Mi norte es el cielo.
Y cuando llegue el día en que ya no tenga que buscar, cuando pueda verlo cara a cara y reconocer en sus ojos todo el Amor que me sostuvo sin que yo lo supiera, entonces entenderé el viaje entero. Las veces que me caí, las que creí haber perdido el rumbo, las despedidas que me partieron por dentro y los días en los que seguir adelante fue lo único que supe hacer.
Quizá entonces no necesite decir nada. Quizá me bastará con llorar, caer de rodillas y dejar que me abrace.
Porque yo sí sé cuál es mi nodo norte, Jesús. Sé cuál es mi camino, mi destino y mi vida eterna.
Es Él. Siempre ha sido Él. Y mi eternidad solo la imagino junto a Él.
Feliz semana a todos. 🤍