Debes creer
Aprovecho cualquier rato para escribir. Escribo frente a la Église paroissiale de Charmey, en la región de La Gruyère, bajo los cerros nevados de Moléson y Dent de Vounetz. Soy ateo, pero me gusta visitar cada iglesia de cada pueblo de cada país que conocemos, ayer fue la de San Nicolás, la luz se colaba a través de las vidrieras, dibujando un crisol de colores bellísimos sobre la piedra, me gusta sentarme en uno de los bancos, escuchar el crujir de la madera. Me calma. Trazamos sobre un folio en blanco, en una pequeña cafetería de Friburgo (Mahalo, en la Rue du Criblet) algunos de los hitos emocionales por los que cruzarán los personajes de este libro que quizá sea, quizá no. Se supone que da mal fario hablar de un proyecto literario en ciernes, pero yo no creo en la Fortuna (la diosa de la suerte, pegada siempre a una ruleta de fresno: “la que hace girar las cosas que suceden”) ni en el más allá ni en ningún Reino que no sea esta tierra que piso. Creo en la nieve sobre las montañas, en la embriaguez y el calor de la piel. Creo en el equinoccio de la primavera, una hoja que cae en el estanque, creo en las trementinaires (mujeres a las que trataron como brujas cuando en realidad eran curanderas, usaban la naturaleza para sanar: ellas lo entendieron todo), creo que los hijos no somos más que una rama del árbol que habita en nuestros padres y los padres de sus padres, creo que la gran herida es no saberte amado, creo que no existe otra realidad más que esta; que las vidas que no viviste nunca fueron ni serán; y puede (esto no lo tengo tan claro) que quizá esta senda sea la mejor, porque es la única, aceptar este sino imperfecto es la respuesta a todas la preguntas.
Estoy leyendo mucho sobre el amor, de tanto en tanto presumo de que sé lo que es. ¿Sé lo que es? En Astillas, Leslie Jamison traza el recorrido del final de su relación: “No somos amados como queremos, sino como los demás nos aman”. ¿Por qué un amor se transforma en otra cosa? “Quizá sea eso lo que mata el amor, creer que ya conoces las respuestas”. Max me cuenta que no hay un solo amor, que en la Grecia antigua existían al menos cuatro formas de nombrarlo. Eros es la pasión más sexual, el fuego que quema (y que, llegado un día, se desvanecerá como se desvanecen todas las cosas), la leña que arde, construye y destruye. Philia es amor entre iguales, afecto (una palabra que me encanta: afecto), fraternidad, amistad desinteresada, ese amor que no necesita frecuencia ni promesas: tan solo verdad. En Storge es necesario que exista la tolerancia, la aceptación y el cuidado: es el amor que se cobija bajo lo cotidiano, los ratitos juntos, el café de cada mañana, te quiero porque estás. Agap-e es el amor liberado del ego, el amor absoluto, incondicional y telúrico. Ligado a la entrega a Dios pero yo lo veo también en otra Deidad: el amor sin rendijas de una madre. ¿Elegimos amar a alguien o —cuando aparece esa persona— es un acto inevitable? Como una tormenta que nos arrasa. No lo sé. Tengo la certeza de que la plenitud es, en realidad, un salto de fe: solo si confías sucede, solo cuando te sometes prende la llama. Es lo que le dice Henry Jones a su hijo, Indiana Jones, ante la prueba final: “Debes creer, hijo, debes creer”. Tras esa fe está el Grial. No ves el suelo, pero igualmente decides andar, te dejas caer, te rindes al otro: no concibo una mejor forma de expresar esa palabra infinita. Tiene cuatro letras.



En Storge es necesario que exista la tolerancia, la aceptación y el cuidado: es el amor que se cobija bajo lo cotidiano, los ratitos juntos, el café de cada mañana, te quiero porque estás.
Apuntado ❤️
Pues sí, es que la vida es eso. Pasa porque confías. Pasa cuando te abres. Gracias por tus palabras, Jesús.