Curarme de ti
Durante algunos años escribí cartas de amor que eran cartas de amor a la valentía de quien no tiene miedo a desnudarse. Entrañas o nada. Ese “temblor en el alambre” que tan bien resume Sostres. Me explico: durante algunos años, bajo el nada ambiguo marco que llamamos Consultorio sentimental, dediqué un porrón de horas en la revista GQ a contestar cartas de desamor de lectores y lectoras enfangadas en esa habitación sin vistas que es un corazón roto. En carne viva, el destierro de todo lo que soñaste, joder qué mal se pasa cuando no te quieren bien.
Cada una de las cartas (aún las guardo, cobijadas bajo un tag en Gmail) era un prodigio de verdad, frases a medio hacer, vísceras sin adulterar; muchos lectores no lo creían pero nunca inventé nada. Ni una palabra. Aquelló terminó —porque tengo la firme creencia de que las cosas terminan, y no pasa nada— y un cachito de aquel espíritu confesional se cuela cada último domingo del mes en el Consultorio sin miedo, esa fiesta pagana donde reina …

