Cosas que no se pueden comprar
Durante algún tiempo escribí bastante en torno a lo que se supone significa ser un hombre con clase; un gentleman, un Cary Grant de la vida: tweed, traje a medida (el paño, obviamente, de Holland & Sherry), zapatos de John Lobb, chicas guapas y coches bonitos; esas cosas. Esas mierdas. Los atributos que por aquel entonces entendía pegados a la elegancia, tan ligados al envoltorio; como si fuese una cosa, la elegancia, que se puede comprar. Pocas cosas en el mundo están tan lejos de poder comprarse.
En uno de los maravillosos artículos que recoge el libro (editado por Anagrama) de Milena Busquets en torno a la elegancia masculina habla, con un poquito de saña, de ese cierto tipo de hombre de hoy: “Como si tuviesen que ser niños eternamente. Como si estar siempre cobijados fuese importante (no es verdad, a veces necesitamos la intemperie)”. No tengo muchas cosas claras, pero esta sí: un hombre elegante no esconde lo que siente, lo grita tan alto y tan fuerte que no queda un rincón del mu…

