Correspondencias: Empezar de cero tras un burnout y “¿Qué narices les pasa a los hombres?”
Respuestas pausadas a vuestras preguntas desde el corazón, intentando ser honesto, con tiempo y espacio
Preguntas un poco íntimas en torno a la vida, relaciones sentimentales, melancolías cotidianas y casi cualquier cosa que se te ocurra y te preocupe, que aquí estamos para escuchar, sin prisa. La idea es que este espacio sea como una charla frente a un café. De verdad. Sin juzgar, porque este es un espacio seguro. De verdad que lo es.
¿Que cómo podéis preguntarme? Fácil, podéis hacer las preguntas desde aquí. La responderemos en algún Correspondencias, el primer domingo de cada mes, con el nombre que nos digas. Que aquí estamos para ayudar.
Hola Jesús, Laura; soy Estela desde Valencia.
Después de cita perfecta con cama, me dice que soy perfecta. Pero no quiere equivocarse otra vez, y quiere seguir “como amigos” antes de enfrentarse a nada romántico. ¿Qué narices pasa con los hombres maduros?
Buenos días, Estela. De un tiempo a esta parte recibo no pocos mensajes en torno a este tema: la madurez de los hombres. O sea, la supuesta falta de madurez. Hemos empaquetado todas esos perfiles (mala cosa: etiquetar a las personas) bajo el neón de Peter Pan: el niño que “no quería crecer”, el eterno adolescente, el pavo que popularizó el término se llama Dan Kiley, en The Peter Pan Syndrome los describe así: irresponsabilidad, rebeldía, narcisismo, miedo al compromiso y negación del envejecimiento como coraza contra inseguridades. A todo esto Carl Jung añadiría fijación con su madre —con su mamá— y negación de los límites. Lo que el niño quiera, vaya.
Vamos con tu pregunta: ¿Qué narices pasa con los hombres maduros? Me gusta mucho cómo define esa etapa Leslie Jamison: “Ser adulto consistía en ver cómo se iban marchitando otras versiones posibles de ti mismo para dar paso a una única versión definitiva”. A mí es lo que me ha sucedido. No fallaba nadie, fallaba yo, que no sabía quién narices era. Vengo a decirte que no sé si el problema (te lo digo en serio) es una cuestión de género o sencillamente de momentos vitales, a lo mejor sí que tiene que ver un poquito con el género porque es que a nosotros (inválidos emocionales) nada más salir al escenario ya nos plantan una espada y un escudo: los hombres no lloran, ni expresan, ni sienten. Mala cosa esa. Si a este cacao le sumas una mamá sobreprotectora ya tenemos el circo montado: masculinidad frágil, aquí mando yo, picar espuelas ante el conflicto. Y luego, claro, está la vida.


