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Correspondencias: Ella me amaba al 60 y yo aún al 100 y “¿Aceptarías tomar un vino con una persona que en WhatsApp se muestra corto con las palabras?”

Respuestas pausadas a vuestras preguntas desde el corazón, intentando ser honesto, con tiempo y espacio

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Jesús Terrés
nov 01, 2026
∙ De pago

Preguntas un poco íntimas en torno a la vida, relaciones sentimentales, melancolías cotidianas y casi cualquier cosa que se te ocurra y te preocupe, que aquí estamos para escuchar, sin prisa. La idea es que este espacio sea como una charla frente a un café. De verdad. Sin juzgar, porque este es un espacio seguro. De verdad que lo es.

Alejandra Caballero

¿Que cómo podéis preguntarme? Fácil, podéis hacer las preguntas desde aquí. La responderemos en algún Correspondencias, el primer domingo de cada mes, con el nombre que nos digas. Que aquí estamos para ayudar.


Buenos días, Jesús. Soy Guillermo.

Esto es difícil, porque me voy a abrir bastante. Creo que me he tomado la ruptura demasiado bien para mis posibilidades, pero ya pasa más de una semana y eso no cambia. Ella me amaba al 60 y yo aún al 100. Lo veo como una oportunidad para rellenar huecos que gritaban en esos cuatro años y medio de relación: compatibilidad y gustos en común, comunicación, y por favor nada de muy largas distancias. Pero me preocupo más yo mismo. Hoy he salido a pasear con una camiseta del festival de cine fantástico de Bilbao y me recuerdo a mí mismo muy joven con una camiseta de la Volta a Peu que aguanta mal los lavados, vestido como Vincent y Jules en Pulp Fiction después de cambiarse la ropa manchada de sangre; creo que ya toca cortarme el pelo, llevo un arbusto encima y mis ondas nunca fueron domables. Tengo unas ganas enormes de hacer toques yo solo como Ronaldinho, quiero hacerlo. Desde 2009 he estado soltero sólo cuatro segundos un par de veces. Finalmente, no sé ni cuál es la pregunta, pero tengo la sensación de que, a pesar de que tus cartas ya me han dado bastantes armas para esto, soy una pregunta andante, como un muñeco de los Sims con un signo de interrogación encima.

Buenos días, Guillermo. Me vas a permitir ser honesto. Porque para eso me escribes, ¿no? Para que sea honesto, para que te diga lo que pienso, para que te ayude —no sé, de corazón, si eso es posible— a encontrar el camino. Sé que puedo ser franco contigo, es más: creo que en este caso debo. Pese a que (quizá) no te guste lo que vas a escuchar. Es lo bonito de este pacto: creo que vas a gestionarlo bien. Creo, de hecho, que una parte tuya (a la que parece que no quieres escuchar) es la que ha lanzado esta señal de alarma disfrazada de naderías. Como en las películas de naufragios, cuando tras un accidente disparan con una pistola de bengalas al cielo estrellado.

Has comenzado tu pregunta con una mentira. Esta, en concreto: “Esto es difícil, porque me voy a abrir bastante”. Media mentira, perdón. Porque no dudo que estés pasando un momento jodido, dificilísimo: que te dejen es una mierda y cuando no entiendes los porqués, todavía más. Lo que no me cuadra es lo siguiente que has dicho: porque la verdad es que no te estás abriendo, Guillermo. Es más, estás a un jodido millón de años de abrirte, de expresar lo que sientes, de decirme (que en el fondo es decirte a ti mismo: yo aquí tan solo soy un espejo) que estás roto, que no puedes siquiera respirar, que estás perdido, vacío, quebrado, con tierra en los dientes. Que te quieres tirar por un puente, que la echas de menos cada minuto, que te bebes una botella de tequila cada noche, como Chavela Vargas: “Ya me canso de llorar y no amanece / Ya no sé si maldecirte o por ti rezar”. Pero no, en lugar de eso te escondes tras dos tazas de ironía. Yo quiero creer que detrás hay más. A ese Guillermo me dirijo.

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