Belleza
“Lloraba sin parar porque me veía fea. Ahora miro esas fotografías y creo que estaba maravillosa”; leo fascinado el fabuloso recorrido que hace Juan Sanguino en Icon sobre la vida de Anjelica Huston —mujer bellísima, actriz portentosa, hija de uno de los grandes mitos de la historia del cine; John Huston la dirigió los últimos días de su vida (desde una silla de ruedas) en una de las películas de la mía, Dublineses.
Las imágenes por las que lloraba Anjelica son para una editorial de Vogue fotografiada por Richard Avedon (ahí es nada) a comienzos de los ochenta, en plena vorágine de su viaje: el mundo a sus pies y su belleza ronca (seda y hierro) como símbolo de una época que yo no será, ningún tren cobija cuando pasa. Desde fuera uno solo puede intuir incasdescencia y asombro, pero dentro se izan banderas de dolor: qué terrible la incapacidad para estar aquí y ahora, qué terrible vivir preso del juicio del extraño.
Le comenté a Laura el episodio, hablamos mucho en torno a este sinsentid…

