Azar
Os juro que yo pensaba que eso de ver una causalidad mágica que conecta todas las cosas era cosa de seres mitológicos, personitas especiales como Lola Flores, mi amigo Alberto o qué se yo, Paul Auster. Una herencia, o sea. Un superpoder con el que naces como dormir fácil, comer despacio o ver la vida bonita pese al espanto —eso que los cursis definen como optimismo pero que en Cai llaman alegría.
No recuerdo exactamente cuándo (ni dónde, es probable que fuese en el Chester del Milford, república de Juan Bravo) precisamente Moreno me dijo que no, que nanai. Que con esa forma de mirar uno no nace, que se hace. En realidad era en respuesta a una confesión: “Oye, que últimamente ando viendo serendipias por todas partes, puntos que se conectan, azares que ya no lo son porque cómo puede ser tanta coincidencia, tronco”. Pedí otro Old Fashioned y dos de patatas, un poco airado. “Que no, Terrés, qué va. La serendipia siempre estuvo ahí, eres tú el que está decidiendo verla”.
Leo en Zenda que a e…

