Aceptar la derrota
Ven,
salgamos fuera.
Todavía
nos queda mucho
atardecer.
Es el final de Solo es el tiempo —para Raymond Carver— del gran Karmelo Iribarren, poemas como el suyo ensanchan estos días angulosos, el equinoccio de otoño llegó como llegan las cosas que no piden permiso. Equinoccio, el único momento del año en el que el día y la noche duran exactamente lo mismo: ni más luz, ni más oscuridad. Eros y Thanatos bailando al son de la hojarasca en la estación más melancólica, una ecuación perfecta como aquel equilibro imposible de la canción de Los Piratas. Si es verdad eso de que la belleza es armonía no hay momento más bello que este, no puede haberlo, quizá por eso dice un amigo que hay personas que habitan el verano y personas para las que el otoño es una manta calentita, un abrazo lento tras tanta felicidad imperativa. Yo soy de los segundos.
El otoño me calma pero también me entristece, y no tiene por qué ser algo malo. Es momento (ha sido así siempre) de recoger la cosecha, templar el acero, vendi…

