Radiografía de una cena entre amigos
31 agosto 2008 | Psicología | 117 Comentarios

Parejitas y olor a Napalm.
Algunos sábados por la noche, hinchado de paz espiritual y cubitera sin hielos, me gusta recorrer el camino que lleva mis pasos hasta el Opencor y paladear todos esos pequeños matices que esconden las relaciones sociales. En serio, Bioparc es infinitamente más aburrido.
Verán, en dicha ronda paso por delante de cuatro restaurantes de la misma calaña: Sorsi e Morsi, Babilonia 6, Sushi Club, 43.
Ya saben, decoración minimalista, platos escogidos y personal del rollo.
Traducción para despistadas: sillas de mierda de Ikea, manteles de plástico, carta ridícula, un chef rapado con ínfulas de Quique Dacosta y niñatos ineptos hasta los cojones de servir platos porque, lo que ellos en realidad sueñan es, no sé, cotizar en bolsa o montar un locutorio familiar y cuco. Ya me entienden.
La cuestión es que estos restaurantes tienen ventanales enormes (sí, además de sacarte la pasta enseñan las tetas de tu novia a todo el barrio) con lo cual el arriba citado paseo se convierte en un episodio barato de Discovery Channel.
Y sin duda, una de las escenas mas geniales son las cenas entre dos o tres parejitas.
Analicemos a los contenientes.
· Novio graciosete™.
Siempre hay un puto listillo en todas partes.
El graciosete ocupa su trono central desde el minuto uno. De hecho lo más probable es que haya elegido el restaurante y reservado la mesa.
El graciosete está atento a todas las conversaciones, ríe, cuenta chistes, bebe cerveza, habla condenadamente alto, te abraza y abraza a toda la humanidad, si se tercia.
Este capullo es un especialista versado en todas las materias que puedan imaginar: Fórmula 1, enología, cocina, viajes, política, cine, música. Realmente no importa si ha estado o no en La India o en Badajoz, siempre tiene un puto primo que sí ha estado y que le ayuda a hacerse su composición de lugar.
Él, todo un letrado.
Pero hay veces, queridas lectoras, en que Dios tiene un extraño sentido de la justicia. Me refiero a esas veces en que la vida y el vodka traen a tu lecho una señorita con novio y tú, que eres un caballero, preguntas por él por aquello de la educación y conversar y tal. Y resulta que el protagonista es casi siempre el graciosete.
Me gustaría ver entonces tu cara de listillo.
· Novio en las nubes™.
El novio apartado tiene esa torcida expresión de “¿qué cojones hago aquí?“.
Ríe como puede algunos chistes del graciosete y soporta con el temple de un encastado de El Pilar los vanos intentos de su novia por integrarlo.
Esto es genial.
· ¿Qué te pasa, Raúl?
· Nada, Natalia.
· Estás muy serio. Si preferías no venir podrías haberlo dicho.
· ¿Qué parte de la frase “no me apetece” no entendiste?
· Contigo siempre es igual. Eres un egoísta. Con las veces que yo me sacrifico por tí, ¿tanto te cuesta hacer algo por mí?
· Ah. Entonces la cara de asco que tenías en la tienda de cómics no eran migrañas, ¿no?
· añslkdpmasdfsa!!!
· Novia amazona™ (a.k.a tocapelotas).
La amazona no lleva coraza y hacha. Pero casi.
La amazona siempre. Siempre. Siempre opina lo contrario que tú. Fuerza los debates hasta retorcerte los cojones y tú, que eres un puto maestro zen, miras el tenedor como quien otea una peligrosa arma mortal.
En este punto siempre aparece el jodido novio calzonazos a defender a su princesa.
Como para no hacerlo, ¿verdad?
Cuando la novia amazona se enreda con otra novia de la mesa… Dios.
Aquí es donde realmente empieza la diversión.
· Posible amiga de novia™.
La mente de un hombre es un mecanismo sencillo con un péndulo.
Por ejemplo.
Vemos una mujer de caderas anchas y tobillos finos: imaginamos inviernos cálidos y a nuestros futuros hijos espigados como elfos.
Vemos una cena de parejas y una acoplada: imaginamos una treintañera casadera, insoportable, lectora del Cuore y fan de Luis Miguel.
La imaginamos sudando en la clase de spinning, empezando un nuevo régimen cada mes impar y vagando por Zara como alma en pena.
Y un corazón enorme, eso sí.
· El “nota”™.
El “nota“ está de paso. Realmente se la suda la cena, se la sudas tú y especialmente se la suda la posible bronca de la parienta camino a casa.
El nota se recuesta en la silla, se rasca la barriga y piensa “qué demonios, ya que estoy aquí…“.
Así que pide otra ronda, analiza con cierto disimulo las tetas ajenas y saluda con resignación a través del cristal al fulano que vuelve con una bolsa de Opencor.
Tópicos y savoir faire. 1 · Ellas y la decoración
30 junio 2008 | Psicología | 55 Comentarios

Generalizaciones y todo al rojo. Ex falso quodlibet.
Me aburro.
Me aburro mucho de los mails escritos por lectoras mal folladas dándome canela con la aburridísima cantinela de las generalizaciones y la incapacidad manifiesta del arriba firmante para glosar sobre los matices y los grises y los cielos azules.
Qué ofuscación, leñe.
En serio, yo no tengo la culpa de que no os llame ni de que Häagen-Dazs engorde ni que la zorra por la que os dejó tenga el pelo liso y le queden bien los pantalones pitillo.
Secretos y mentiras: Ellas y la decoración.
Nueva sección.
Por si había pocas, ya saben.
Podría hacer dos cosas. Podría hincar rodilla y pedir perdón y leer a Pessoa.
Pero no.
He pensado que mejor doblo la apuesta. Envido. All-in.
No me rindo. Y menos, sin condiciones. Desde esta innecesaria guía pondremos sobre el tapete verdades que se dan por hecho. Porque sí. Porque son así y punto pelota.
Verdades que en el fondo son patrañas elevadas a tópicos como esa de que “las mujeres saben decorar“.
Manda pelotas. Ellas saben decorar.
En serio. No podría contar el número de féminas que conozco que tienen “nociones de decoración”. Afición, you know. Pero ey, con buen gusto.
Que eso no se enseña.
· ¿Escuelas de decoración, dices? ¿Profesionales? ¿Nacho Moscardó? No me jodas, g. Yo le decoré la casa a mi prima y está la mar de contenta. Si salió en una revista y todo.
· También le hiciste el logo a tu cuñado y míralo, tan feliz con su Comic Sans tamaño pandero de Nuria Fergó.
· ñlaskdñal añlskdal!!
Queridas lectoras, no sabéis decorar.
No pasa nada. Los taxistas no tienen ni puta idea fútbol y no importa. Ellos tan felices con su Marca y ciscándose en los muertos de Schuster porque se equivocó en el segundo cambio.
Así que podéis seguir a lo vuestro.
Comprando Casa Viva, perdiendo el tiempo en La Oca y amargando la tarde al pringado de turno.
También podéis seguir creyendo en el catálogo de Ikea. En la placidez de una planta de Natura. En vuestra redescubierta espiritualidad, esa que florece cuando compráis en The Body Shop. En Papá Noel. En la amistad femenina. En la Armonía y bienestar gracias al Feng Shui.
Y en que él dejará de leer el Marca.
¿Qué mierdas quiere Alfie?
22 junio 2008 | Cine, Psicología | 40 Comentarios

No me toquen las narices.
Ya sé que Alfie es Michael Caine.
Sé que hacer una versión de lo mismo es una sandez y también sé que todo lo que no suma, resta.
Lo digo por ese lector ávido de sangre hedonista que ya le ha dado al botón de “Nuevo mail” para ciscarse en mis muertos.
Querido lector, en serio, no pierda su tiempo. Tome usted el sol o invite a Gin Tonic a una Géminis o riegue las plantas pero no me toque las pelotas.
Bien, sigamos.
Alfie mola, pese a todo.
Joder, Sienna Miller, Marisa Tomei, una Vespa, Mick Jagger y cientos de bufandas. ¿Qué más quieren?
Vale, le faltan muchas cosas. Ironía, charm, mala leche, honestidad, actitud.
Sí. Especialmente actitud.
Un episodio de Sexo en Nueva York en el que Carrie tiene rabo y foulard. Alfie en el fondo no quiere ser Alfie. El amor triunfa, el cabrón insensible tiene buen corazón (sí, puedes cambiarlo) y demás cháchara pastelona metida con calzador para que tu novia salga feliz del cine.
Ella te ha arrastrado, al fin y al cabo.
Qué pena.
No obstante, plantea una situación interesante.
¿Qué mujer elegir?
Sopesemos las opciones:
Opción 1: Alfie quiere a Sienna Miller.
Alfie quiere divertirse.
Sienna es despreocupada. Es inocente, cachonda, desordenada, vital. Es una niña y una puta.
Además, demonios, ¿cómo no querer a Sienna Miller vestida con camisa de hombre?
Que no sabe cocinar y es un puto desastre. Vale. ¿Y?
Bendita comida para llevar.
Un secreto, queridas lectoras.
Siempre. Siempre recordamos el momento exacto en el que dejamos de estar enamorados de alguien.
No es un proceso ni un goteo ni gaitas. Siempre es un puto momento. Pasa algo. Y lo sabes. Clic.
Qué bien refleja la peli ese momento.
Opción 2: Alfie quiere a Marisa Tomei.
A lo largo de estos años de duro y sacrificado aprendizaje hedonista he conocido pocos maestros.
Me refiero a hedonistas ajados, cincuentones de pelo blanco e impecable camisa blanca. Soldados que no doblaron rodilla ante el polvo asegurado y el sofá con chaise longue.
Todos dicen lo mismo.
· g, Tomei.
· Ya, pero es que la rubia es más divertida.
· No hagas como yo. Por culpa de la divertida perdí hace veinte años a la mujer de mi vida. Se terminó casando con un notario sensible que se parecía a Sting y mírame ahora. Hasta las narices de tetas operadas y desayunos incómodos.
· Qué pena me das. Talskdlakls!! asñodfk.
La Tomei es la madre novia perfecta. Cariñosa, amable, dulce. Un hombro en el que llorar y lasaña caliente en el horno.
¿Chispa, dices?
No se trata de chispa, cariño.
Se trata de comerse este marrón a medias.
Opción 3: Alfie quiere a Susan Sarandon.
Ni Ying ni Yang ni pollas.
Alfie quiere a la cuarentona cachonda porque es como él.
No hace preguntas. Es inteligente. La partida, esta vez, está igualada. Los dos saben a lo que juegan y Alfie no tiene que andarse con máscaras ni excusas.
Es curioso. Mirad a vuestro alrededor. Casi nunca está igualada la partida.
Por eso sois un coñazo las tías inteligentes.
Lo transformáis todo en una puta competición y todo termina siendo agotador.
Qué manía, con ganar.
Opción 4: Alfie quiere a Alfie.
Como todos.
Mujeres poco recomendables: La indecisa
08 junio 2008 | Psicología | 29 Comentarios

Tienen su gracia.
Lo digo por el consejo de “oiga, g. Podría usted hablar también de mujeres recomendables. ¿No todas somos así, sabes? Jodido tocapelotas“.
Siempre tan elegantes, mis queridas lectoras.
Claro que sí.
También podría plantar un árbol o coleccionar postales de Natura o hablar sobre el cambio climático y la talla 36. Esa que tanto os jode.
Pero no lo voy a hacer.
Lo que sí voy a hacer es ciscarme en tu consejito y repartir jarana a mansalva.
· Indecisa feliz.
La indecisa feliz sabe que es indecisa y también sabe que, demonios, tampoco es para tanto.
Sabe que le cuesta decidir. Sí. Pero también sabe que realmente importa un carajo si en vez de un emperador se hinca un cochinillo segoviano entre pecho y espalda.
La indecisa feliz vive en una especie de nube de indecisión que a veces le hace parecer despreocupada.
Por no decir tonta del culo, claro.
Queda peor.
La indecisa feliz, querido lector, en el fondo es más lista que tu y que yo. Porque preocuparse en exceso por si la puta tele ha de ser HDTV o mejor Full HD sí es ser un poco tonto de culo, ¿no creen?
· Indecisa participativa.
La indecisa participativa lleva fatal lo de ser indecisa.
Es como un gordo mod. Como que no.
Por eso se esfuerza de la hostia y en cada decisión en la que participa suda la gota gorda. Pobre. Resulta hasta tierno su ahínco.
La indecisa participativa discute y se informa y pone un interés desmesurado en sopesar opciones y dar muletazos a la decisión final.
Su problema es que pincha a la hora de matar.
Enrique Ponce es Jason Bourne al lado de nuestra protagonista.
Tomar la decisión final. Esa de si se hace mechas o sólo se recorta las puntas, esa decisión la pone en el borde de precipicio.
¿Y si me equivoco? ¿y si es mejor la otra opción? ¿y si? ¿y si?
Los putos “¿y si?“, que tantos polvos y Gin Tonics y maridos un poco menos cornudos nos ha costado.
· Indecisa porculera.
Esta fulana me toca las pelotas particularmente.
Le daba igual el restaurante, le daba igual jamón o micuit, le daba igual Priorat o Burdeos. Maldita sea, le da todo igual. Y hasta aquí ningún problema. Pues bien, cada palo que aguante su vela, no seré yo quien llore.
Hasta aquí, como decía, todo bien.
Pero es que luego a esta zorra le parece todo mal.
El corte del jamón es demasiado grueso, el restaurante es demasiado ruidoso, el Burdeos “sabe poco a fruta“. La jodida indecisa porculera putea al camarero y pone los ojos en blanco cuando la jefa de sala apunta en su libretita que la carne está “demasiado poco hecha“.
Jefa de sala que, por cierto, debe estar cagándose en la puta madre de tu amiguita.
Firmo por eso.
Manual del hedonista™ · Novena parte: El que da recibe. O al menos, da
14 mayo 2008 | Psicología | 20 Comentarios

Eso de la paridad emocional es una majadería.
Justicia, ¿dices?
Por favor, querida. Que ni tú eres Dian Fossey ni yo, mal me pese, Warren Beatty.
Rhonda Byrne y Paulo Coelho y la típica psicóloga rellenita con mechas que acompaña a Ana Rosa pueden decir misa. Y albricias, vaya si la dicen.
Si buscan verdades de las que joden. Verdades, digo, de fusta y tralla, de las que cierran bocas y abren botellas, dense una vuelta por el folklore patrio más castizo.
“Ahora es tarde, señora.”
Dense una vuelta por el baúl de la Piquer.
Por las esquinas de la bien pagá o la alcoba de la más grande.
Por las mesas de las tascas donde Lupe Sino puso a Manolete los huevos por corbata. Esos que luego se dejó en el coso. Pedazo de zorra.
· 9º paso:
El hedonista no da porque sea justo.
No da porque sea correcto ni tierno ni pollas.
Ni siquiera da porque pretenda recibir.
No da esperando porque esperar es de maricas y estiradas.
Da porque quiere. Porque puede. Porque vivir es dar y equivocarse y vaciar la copa y pagar la cuenta.
Mujeres poco recomendables: la engarzadora
22 abril 2008 | Psicología | 57 Comentarios

Existen dos tipos de mujeres.
Y no me vengan con cuentos ni con monsergas feministas ni pollas en vinagre.
Escuchen y callen.
Dos tipos de mujeres.
Las que saben estar solas y las que no.
Piensen en sus amigas.
Pongamos un ejemplo jodidamente aburrido real.
Por un lado tenemos a esa chica que tuvo una pareja estable durante muchos años. Cortaron.
Luego estuvo un tiempo sola. Más tarde otra pareja. Fracaso. Pareja. Luego Naturhouse. You know. La vida.
Y por otro tenemos las que, analizando sus últimos diez años de vida, no pueden tachar ni un puto mes en blanco sin pareja.
Es terminar una relación y zas!
Vizcaína en las entrañas. Por detrás. Sin avisar ni leches.
Por arte de birlibirloque aparece un nuevo protagonista de la nada.
Estocada mirando a la grada y tú, pobre infeliz, recorriendo el camino que lleva a las tablas sangrando y preguntándote quién cojones es el morlaco azabache que todo el mundo aplaude.
Ese que la engarzadora lleva orgullosa de la mano en la Fnac.
Ja.
A otro perro con ese hueso, querida.
Siempre es la misma puta historia.
El nuevo piensa que ella lo hace porque él es especial.
El anterior piensa que ella nunca haría algo así. Que lo ha conocido después. Que ella no es de esas y que Almodóvar no es marica.
Al menos las amigas saben que en el fondo es un pedazo de zorra.
Y a veces ni eso.
Queridos lectores, huyan de la engarzadora como de la peste.
Tengan una cosa clara.
Esta zorra está contigo por dos motivos:
1. Te quiere.
2. Necesita estar con alguien.
Uno de los dos motivos es inmutable.







