Tipología femenina 6: La alelada soñadora
09 noviembre 2007 | Gastronomía, Psicología | 44 Comentarios
He intentado acabar con esto.
Ya saben. Los prejuicios, el alma femenina y todo ese rollo.
Pero en el fondo ni ustedes ni yo queremos que esto termine.
Así que dejémonos de preámbulos divertidos innecesarios y volvamos a la trinchera:

Tipología 6. La alelada soñadora.
Es difícil definir a una soñadora.
Si algo caracteriza a una alelada soñadora, es que nunca acaba lo que empieza.
Es volátil así que es difícil definir qué gustos tiene.
Es probable que en su pared cuelgue una lámina de Amelie. Pero no os extrañe que le apasione el cine de Rohmer o Gustav Klimt.
Un día se baja toda la discografía de Devendra Banhart y otro día le da por los boleros.
En pocas palabras:
Está como una puta cabra.
En su retorcida mente eso se traduce en que no la entiendes.
Así que paciencia, colega.
Siempre, siempre, siempre tiene la cabeza en otro sitio.
Si algo la define, es ese aire de distracción y ensimismamiento.
En el fondo tiene suerte, la zorra.
Observándola detenidamente mientras toma un café en Starbucks puede parecer que está pensando en algo terriblemente misterioso e interesante.
Pero no.
Nada más lejos de la realidad.
Lo más probable es que esté pensando en la curiosa forma del terrón de azúcar o en qué calcetines comprarse.
O peor. Simplemente en nada.
Así que para una mente masculina (bonito eufemismo) poco entrenada la soñadora es una peligrosa adversaria.
Tú creerás que te estás cepillando a una femme fatale misteriosa y con secretos inconfesables.
Creerás que tiene un oscuro pasado de drogas, sexo y hombres peligrosos para finalmente acabar redimida en tus brazos.
No te jode.
“Me gustan las mujeres con pasado” decía el marica de Wilde.
Él no tenía que aguantarlas.
Recomendación gastronómica:
Es fácil. Debes centrar tus energías (tu pasta, quiero decir) en el entorno.
No es necesario invertir en estrellas Michelin o en estúpidos regalos.
Busca un sitio extraño. Alejado. El tipo de restaurante donde Neil Gaiman le comería el tarro a Tori Amos.
Velas. Jardines estrafalarios. Platos originales. Máscaras. Circo. Enigmas.
Es rara. Pero no imbécil.
Así que no trates de impresionarla ni con tu dinero ni con tu talento.
Se la sudan las dos cosas.
Buscar restaurantes enclavados en la naturaleza.
Algo del estilo de Akelarre en San Sebastián o L´Escaleta, en Cocentaina.
Precio estimado del polvo:
2 cenas + 4 tokajis + 1 libro de Lechermeier y Dautremer + palique = 225 €
La Guía Michelin. Una historia de fe y mentiras
06 noviembre 2007 | Gastronomía | 32 Comentarios

Es necesario creer en algo.
Perdón.
No es necesario. Es útil.
Cuando no crees en nada terminas por relativizarlo todo y creyendo exclusivamente en tí mismo.
Todo es discutible.
La eterna duda y demás coñazo progre, ya saben.
Y un cuerno, querida.
Caótica Ana es una puta mierda te pongas como te pongas. Ni gustos ni cristal con el que se mire ni hostias.
Yo creo en la Guía Michelin.
Sé que tiene cuartos oscuros.
¿Y quien no los tiene?
No importa si crees en Miuccia o en el gato de Pynchon. En José Tomás o en Billy Wilder.
Creer significa poner el culo por algo y no hacer preguntas.
O al menos no hacer preguntas estúpidas.
Esas que casi siempre sobran.
Nouvelle cuisine, Song Of Faith & Devotion.
La guerra por las estrellas Michelin es encarnizada.
Sommeliers, chefs, cocinillas, putas y “artistas” reverencian la biblia gabacha esperando las notas de fin de curso con los dedos cruzados y el cepillo impaciente.
Todos. Desde los popes intocables a los que esperan su primera estrella como un gato en celo.
No creo que exista un sector en el que exista una unanimidad tan radical en cuanto a quién tiene en su posesión la “verdad”.
En breve hablará la presidencia y se hará pública la Guía Roja Michelin 2008.
¿Mi predicción?
Todo seguirá mas o menos igual y a Quique Dacosta le enchufarán la tercera.
Alea Jacta est.







